Una ciudad con dos ríos

Una ciudad con dos ríos
chinos, negros y judíos
con idénticos anhelos.
Y millones de habitantes
pequeños como guisantes,
vistos desde un rascacielos.
En el invierno, un cruel frío
que hace llorar. En estío
un calor abrasador
que mata al gobernador
-que es siempre un señor con lentes-
y a los doce o trece agentes
que llevaba alrededor.
Soledad entre las gentes.
comerciantes y clientes.
Un templo junto a un teatro.
Veintitrés o veinticuatro
religiones diferentes.
Agitación. Disparate.
Jazz-band. Jugo de tomate.
Chicle. Whisky. Gasolina.
Circuncisión. Periodismo:
diez ediciones diarias,
que anuncian noticias varias
y todas dicen lo mismo.
Parques con una caterva
de amantes sobre la hierba
entre mil ardillas vivas.
Masas con fama de activas,
pero indolentes y apáticas.
Estrellas, actrices, divas
y máquinas automáticas.
Oficinas sin tinteros:
con Kalamazoos, ficheros,
con nueve timbres por mesa
y con patronos groseros
de cara de aves de presa.
Espectáculos por horas.
Sandwichs de pollo y pepino.
Ruido de remachadoras.
Magos y adivinadoras
de la suerte y del destino.
Hombres de un solo perfil,
con la nariz infantil
y los corazones viejos;
el cielo pilla tan lejos,
que nadie mira a lo alto.
Radio. Brigadas de Asalto.
Sed. Coca-Cola. Sudor.
Limpiabotas de color.
Cemento. Acero. Basalto.
Garages con ascensor.
Prisa. Bolsa. Sobresalto.
Y dólares. Y dolor:
un infinito dolor
corriendo por el asfalto
entre un Chevrolet y un Ford.

- Por Enrique Jardiel Poncela