Viaje de 1998
Día I. 24 de abril de 1998
Tras una breve escala en Chicago, llego al aeropuerto internacional de Kansas City. Es minúsculo, pero muy bien diseñado. En el concesionario me espera un Geo Metro de tres puertas, de tamaño huevo y color morado. Casi como si estuviéramos en Pascua.
El gerente de la agencia de alquiler no me tiene mucha fe, y me pide avales para mi tarjeta de crédito. Dos semanas parecen mucho tiempo para un coche tan pequeño.
Cuando me pregunta en qué estados pienso conducir el Metro, aparte de Misuri, se pone pálido cuando le empiezo a contestar: «Nebraska, Iowa, Dakota del Sur, Kansas...». Me quedó ahí por vergüenza, pero en realidad pienso ir también a Wyoming, Montana, Idaho y Colorado. Ya veremos.
Cuando me meto en el coche, me doy cuenta que no tiene casetera, y sólo una radio AM. Vaya viaje me espera. Ya llegando a St. Joseph, también me percato de que el aire acondicionado no marcha muy bien, y que apenas puede desarrollar 70 millas por hora (unos 112 kilómetros) sin echarse a temblar más que la máquina del tiempo de H.G. Wells en «Time After Time».
Pasan las horas, y atravieso las aburridas praderas de Iowa, con el tranquilo Misuri como acompañante. Paso raudamente por Sioux City, una localidad dilapidada, y llego a Sioux Falls ya al anochecer, pidiendo hospedaje en un Motel 6. Ceno en Kentucky Fried Chicken, y me doy un garbeo por la ciudad. Aparte de sus cataratas, no tienen mucho que ofrecer.
Día II. 25 de abril de 1998
Sioux Falls-Custer, Dakota del Sur
Salgo al amanecer, cansado. Anoche,
varios niños jugaron cerca de mi puerta y no pude pegar
ojo hasta muy de noche. Las llanuras de Dakota del Sur son apabullantes.
Cientos de kilómetros sin apenas relieve, partidos únicamente
por el Misuri en Chamberlain. Voy al mirador del río, pero
el día parece apagado y las fotos quizá en el futuro
me parezcan asombrosas, pero hoy no me hacen mucha gracia. Sigo
conduciendo por la I-80, en un monumento a la soledad. Pronto
llego a la entrada de los Badlands.
Desde el este, el primer mirador del parque nacional es el Badlands Overlook, y es una vista maravillosa. La erosión en las montañas es sencillamente surreal. Me paso casi media hora en el sitio, explorando un poco y asimilando mucho.
Los otros miradores del parque son igual de absorbentes, tomo lentamente las curvas oyendo a «Herodie» en la Radio Pública de Dakota del Sur. A la salida del parque está el pueblo de Wall, con su comercialísima Drug Store, y después un largo trayecto hacia Rapid City. Como en un Burger King y compro tampones en K-Mart. La ciudad no es nada del otro mundo, pero sí un trampolín hacia los Black Hills. Por amplias pistas llego a Keystone, el pueblo de ladrones antes de Mount Rushmore, y después entro al monumento nacional.
Cuando de niño vi la Estatua de la Libertad en persona por primera vez, me llevé una grave decepción. Algo parecido me pasa en Mount Rushmore. Sí, es bonito, pero parece lejano, pequeño.
Cruzo el imponente monumento a Caballo Loco, y pronto llego a Custer, una ciudad minera con glorias pasadas. La ciudad, que se anima en verano, parece muerta. Un motel me alquila una habitación con baño por sólo 29 dólares la noche. La habitación es bonita, y luego veo sus precios para el verano: 119 dólares la noche.
Día III. 26 de abril de 1998
Custer, Dakota del Sur
Hoy me propongo trepar Harney
Peak, la montaña más alta de Dakota del Sur. Desayuno
en un lugar que se jacta de tener los pancakes más grandes
del país, y pueden que tengan razón. Son gigantescos,
y el camionero de la mesa de al lado me apuesta a que no me los
puedo terminar. En el fondo podría, pero no para irme a
trepar Harney Peak después.
A las 7:30 de la mañana, salgo rumbo al parque de Sylvan Lake. Aparco el coche, y me interno por los bosques del sendero. Quizá cuando digo «trepar» exagero un poco. Aunque hay que subir varios centenares de metros, es a través de sendas marcadas. A la primera media hora voy bien, y me paro a ver las impresionantes Cathedral Spires. Estoy cansado, pero el paisaje me inspira.
Después del mirador de Cathedral Spires, sin embargo, el sendero va cuesta abajo, en un tramo lleno de hielo y nieve. Me caigo un par de veces de culo, y mis zapatillas de tenis resbalan a cada rato. Casi tardo 10 minutos en negociar la bajada de 100 metros. Después, la senda empieza a subir de nuevo, y empiezo a notar el cansancio. La verdad es que no estoy en forma para hacer esto. Poco a poco voy parando más y más. Llego a un mirador, ya cansado, y decido que no puedo continuar mucho.
Un cartel indica «Mirador de Harney Peak» y asumo que es un mirador del pico. Cuando me doy cuenta que es el pico en sí, derrocho fuerzas y llego a la cumbre.
Elijo bajar por otro sendero, y no me lo creo cuando tengo que subir varias empinadísimas cuestas.
Ya agotado, llego a Sylvan Lake. Me paso el resto del día viendo la tele, incluyendo, muy á propos, el episodio de los Simpsons donde Homer elige trepar la asesina montaña de Murderhorn. Me río muchísimo.
Día IV. 27 de abril de 1998.
Custer, Dakota del Sur-Billings, Montana.
No me despierto con agujetas,
menos mal. Salgo al amanecer, y al poco me encuentro con un par
de ciervos en la carretera, y con bisontes. Bajo por el cañón
de Spearfish, que no me parece muy impresionante, y por el desfiladero
llego a Spearfish y a la autopista I-80. Salgo en Sundance, rumbo
a Devils Tower. El paraje es desolador, parecido a la meseta castellana
en un día de invierno. Aunque claro, el tiempo aquí
es inclemente. Spearfish tiene el increíble récord
de mayor aumento de temperatura en la historia de Estados Unidos.
A las 7:30 del 22 de enero de 1942, la temperatura era de 2°
Farenheit (-19° Centígrados). Dos minutos más
tarde, la temperatura era de 45°F (7° C). A las 9 a.m.,
descendió a 4°F (-21°C). Es una buena razón
para no madrugar en Spearfish.
Pronto llego a la torre del Diablo, icono de la película Encuentros en la Tercera Fase. Parece mentira, pero me interesan más las praderas a su alrededor, repletas de perros de pradera, y también el cañoncito del Belle Fourche.
El día, que amenazaba con permanecer nublado, cambia cuando llego a Moorcroft, donde empieza un gigantesco desierto. Parece mentira que estas llanuras estaban llenas de bisontes hace apenas 125 años, pero así es. A orillas del río Powder, Caballo Loco y Toro Sentado decidieron ser inconscientes por un año más y vivir la aventura.
Paso Gillette, y los yermos llanos se hacen interminables. Poco a poco se vislumbra el brazo norte de las Rocosas, las Montañas Bighorn, llenas de nieve.
Inmediatamente subo a las montañas por la carretera 14, y paro en una estación de nieve, desierta.
La bajada por el Cañón del Río Shell, es, una vez más, imponente.
Continúo hasta el cañón del Big Horn, recomendado por una guía. La vista es impresionante, quizá por la magnitud del cañón y por su desolación. Ya anocheciendo, entro en Montana y elijo quedarme en Billings. Me he recorrido casi 1000 kilómetros, muchos por carreteras secundarias, y estoy agotado.
Día V. 28 de abril de 1998
Billings-Bozeman, Montana.
Elegí el motel equivocado.
Pensé que una habitación para fumadores, la única
que quedaba, no iba a ser cosa del otro mundo, pero la peste es
inaguantable. Además, la cercana I-90 no me permite conciliar
sueño.
Estoy cansado, pero salgo y me recorro el downtown de Billings, la mayor urbe de Montana. Es encantador. Un pueblo que no le queda más remedio que aspirar a ciudad debido a su ubicación. Me paso una hora en la biblioteca y poco después salgo hacia el oeste.
Montana no tiene límite de velocidad diurno, y me maldigo por haber alquilado un coche tan mierda y tan lento. Los espacios abiertos de Montana son impresionantes. Sé que abuso de la palabra, pero no encuentro mejor definición. Varias llanuras y de repente majestuosas cordilleras, de la nada. Llego a Bozeman pasado el mediodía, donde quedé con Donald, un chico malayo (de etnia china) que me ofreció pernoctar en su casa. Tendría que haber tenido el sentido común de negarme, pero el cansancio es superior al juicio. Aunque me pone la mano en el tobillo de forma libidinosa, sucumbo a los encantos de Morfeo.
Día VI. 29 de abril de 1998.
Bozeman-Gardiner, Montana.
Donald tiene la impresión
de que he venido a Bozeman a buscar novio, y que él es
un candidato perfecto. Aunque la culpa es mía por prestarme
al juego de la ambigüedad, le pongo las cosas en su sitio.
Se disgusta, pero lo entiende. Es un buen chaval, pero demasiado
pegajoso. Entiendo su dilema, pero hasta el punto de acostarme
con él por lástima.
Cruzo el collado de Bozeman Pass y subo desde Livingstone el valle del Río Yellowstone. Poco después llego a Gardiner, puerta del Parque Nacional de Yellowstone. Las vistas, por supuesto, imponentes. Consigo una ganga en un Comfort Inn, cama King y todo, y salgo a descubrir el parque.
No puedo hacer justicia con palabras a Yellowstone, es imposible. Tan sólo diré que merece ser el primer parque nacional del mundo.
Día VII. 30 de abril de 1998
Gardiner, Montana.
Amanezco descansado, y empiezo mi segundo día de visita
a Yellowstone. Tenía planeado hoy seguir hasta el sur y
Jackson, pero la carretera no abre hasta mañana. Exploro
el maravilloso Gran Cañón del Yellowstone, y me
siento a leer una crónica de las exploraciones de Lewis
y Clark. Me arrulla la catarata, y pasan las horas. Esto sí
que son vacaciones.
La única sorpresa desagradable de Yellowstone es sus enormes distancias en pésimas carreteras. Esto tiene que ser un infierno turístico en verano.
Día VIII. 1 de mayo de 1998
Gardiner, Montana-Laramie, Wyoming.
Al amanecer cruzo la puerta de
Yellowstone por quinta y última vez, y por el gigantesco
lago llego a las Grand Tetons. Es increíble que tanta belleza
natural se pueda concentrar en estos espacios. Se me empiezan
a saturar los sentidos.
Lake Jenny es otra parada inolvidable, donde las cristalinas aguas reflejan los soberbios picos. Cruzo Jackson a toda prisa, pues me parece artificial y cara, y por los desfiladeros de Sublette llego al desierto central de Wyoming.
Siempre me había preguntado por qué tan poca gente vive en Wyoming, y estoy obteniendo la respuesta. En este gigantesco estado, lo que no es montaña es desierto. Y los inviernos suelen alcanzar las insoportables temperaturas de -50° F (-46° C), mientras la canícula suele llegar a 115° F (46° C). No, thank you.
La carretera se funde, y todo se vuelve aburrido. Sólo me salva la radio, y tras varias horas llego por fin a Rock Springs. La I-80 se interna en dirección este por el Great Desert Basin, un llano desértico que debido a su aridez tiene su propia cuenca fluvial, que no va a ninguna parte.
Tras muchos kilómetros llego por fin a Laramie, muy entrada la noche. Me quedo en el Comfort Inn, creo que me he vuelto adicto.
Día IX. 2 de mayo de 1998.
Laramie, Wyoming-Wheat Ridge, Colorado.
Laramie es una ciudad típica universitaria. Aburrida y pulcra, pero con cierto aire interesante. Subo hacia el collado de Lincoln Pass, y bajo por las escarpadas montañas hasta Cheyenne, la capital de Wyoming. Nada impresionante, salvo su capitolio. Tras un par de atajos y desvíos, llego a Denver con una de esas predisposiciones positivas. Sabía que Denver me iba a gustar, pero desconocía cuánto. El único problema es que la fiesta mexicana del Cinco de Mayo está en pleno vigor, y no encuentro habitación cerca del centro. Por fin, en el extrarradio de Wheat Ridge, encuentro un Motel 6. Caigo rendido.
Día X. 3 de mayo de 1998.
Wheat Ridge y Denver, Colorado.
Denver es preciosa. Situada en el punto donde las Montañas Rocosas tienen más majestuosidad, es una ciudad apacible y cosmopolita. La vista de las montañas me embelesa. Voy al cine a ver Los miserables. No cuenta mucho, y mal. Me parece fofa. Después, a un mirador a ver la puesta del sol sobre las montañas. Imponente.
Día XI. 4 de mayo de 1998.
Wheat Ridge-Salida, Colorado
Por la I-70 empiezo a subir las Rocosas, hasta Idaho Falls. La carretera que sube a Mount Evans, sin embargo, está cerrada. Sigo y después del mediodía llego a Leadville, el municipio más alto del país, a casi 3200 metros sobre el nivel del mar. Leadville vivió y murió con sus ya cerradas minas de oro y plomo, pero todavía se nota su aire medio forajido. Bajo por el Arkansas hasta los lagos de Twin Lakes, y subo por la carretera a Independence Pass, que está cerrado por la nieve. A la sombra casi de Mount Elbert, la mayor altura de Colorado, han puesto un pequeño poblado pionero. Me dejo absorber por el paisaje y el copioso tomillo y romero, que crecen por todas partes. Tras una subidita a Monarch Pass, pernocto en Salida.
De niño, pasé muchos fines de semana a la sombra de la Sierra del Guadarrama. Las vistas de Colorado es como mil sierras españolas, es la sierra del Guadarrama a lo bestia.
Día XII. 5 de mayo de 1998
Salida-Colorado Springs, Colorado
En un viaje lleno de superlativos
naturales, asombra toparse con una maravilla humana bien hecha.
Eso es Royal Gorge Bridge, un puente colgante sobre la parte más
profunda de la garganta del Río Arkansas. La vista es espectacular,
pues los 300 metros de caída son asombrosos. Un funicular
lleva hasta la orilla del río, y mirando hacia arriba,
el puente parece un palillo. Maravilloso. Pasada Cañón
City, me meto por una carretera rural hacia los pueblos de Victor
y Cripple Creek. Casi a mitad camino, la carretera deja de estar
asfaltada. Me pregunto si debo seguir con un coche tan malo, y
en ese momento se asoma por la radio la canción de Sarah
McLachan, Angel. Animado, subo por el llamado Cañón
Fantasma, que otrora estaba lleno de pueblos. Cuando por fin llego
a Victor y a la carretera, empieza a llover. El cañón
hubiera sido infranqueable en la lluvia, y de repente sale U2
en la radio: If God Will Send His Angels. Me echo a llorar.
La bajada a Colorado Springs es tranquila, y alquilo una feísima habitación en un Econolodge. Mando un mensaje a Josh en la biblioteca, y le confieso lo mucho que le echo de menos.
Día XIII. 6 de mayo de 1998.
Colorado Springs, Colorado-Colby, Kansas.
Me monto en el tren cremallera que sube hasta la cima de Pikes Peak. Aunque la estación de la cumbre está cerrada debido a la nieve, las vistas son espectaculares. Me doy otra vuelta por Colorado Springs, y su más apetecible Colorado City, y salgo rumbo a Kansas City. En el eje Cheyenne-Denver-Colorado Springs terminan (o empiezan, según se mire) las Montañas Rocosas. Hacia el este se extienden interminables llanuras durante casi dos mil kilómetros, bajando paulatina e imperceptiblemente hasta el Misisipi. De Colorado Springs a Kansas City hay 944 kilómetros, quizá los más soporíferos que he conducido en mi vida.
Paro a dormir en el pueblecito de Colby, donde un pequeño y encantador motel alquila habitaciones por 30 dólares la noche.
Día XIV.
Colby, Kansas-Kansas City, Missouri
Atravesar Kansas en coche, sobre todo en un Geo Metro, es morir un poco. Será porque no tengo música, será porque el paisaje resulta inamovible, o será porque estoy solo. El caso es que los 600 kilómetros de carretera resultan una tortura china (¿o será Kansense?). Cuando por fin llego a Kansas City, me siento aliviado.
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