Viaje a Ámsterdam y Austria, 2003
Ámsterdam. No se puede decir nada que no se haya dicho antes. Es efectivamente, como me desea Peter, de ensueño. Cada buen viaje tiene un momento mágico, que aunque despues con la memoria parezca mas terrenal, en su momento preciso resulta superlativo.
El mío transcurre hoy al entrar al pasaje de bicicletas y peatones del Rijskmuseum. Independientemente de los Rembrandts, de las Criadas y las Rondas de noche, debajo, a nivel de calle, se pone el sol. La iluminacion en el pasaje es surreal, como toda Ámsterdam. Europa, cuánto te echaba de menos. Además, un sol radiante y apenas una nube en el cielo.
Y Amsterdam es una joya de ciudad, lástima que hayamos tantos turistas empeñados en mancillarte. Es para perderse en sus canales y tomarse un día para cruzar cada uno de los maravillosos puentes. Por la noche, un tranquilo crucero por las casas alumbradas del Princesgracht y de otros canales. Parece todo un sueño.
La capital austriaca parece una señora mayor venida a menos. A mucho menos. Los recuerdos de imperio, de un Ringstrasse cargado de edificios monumentales, es apabullante. Pero en el fondo, todo tiene un indicio de descuido, de dejadez.
La mejor ilustración es el Café Westpoint, enfrente de la Estación del Oeste, y haciendo esquina con la muy concurrida María Hilfer Straße. La arquitectura es impresionante, pero los tapices de los muebles están deshilachados, con rotos por todas partes, y con unos camareros tan solemnes que parecen sacados de una película de Fellini
Nuestro guía nos lo explica bien: «antes el imperio tenía 50 millones de contribuyentes, ahora sólo tiene 6».
Hace un frío brutal, los vientos del valle del Danubio soplan sin piedad.
De forma aventurada, salimos en tren a Salzburgo. El viaje de un día nos sale bordado, la verdad. Esperábamos nieves y viento, pero en la ciudad de Mozart el termómetro sube a 10° y hace sol. La ciudad es una joyita, me impresiona su aire. Por la tarde tomamos el tour del Sound of Music, que se rodó aquí.
Nos tocan tres universitarias norteamericanas, que dicen que su película favorita es esa. La guía señala todos los pormenores de la ciudad que aparecen en la peli, y ni menciona que es la cuna de Mozart y de Doppler (ni los von Trapp son de ahí). Cuando me resigno a mi suerte, nos lleva por capricho al lago Wolfgang, en cuya orilla está el pueblo de St. Gilgen. Una maravilla. Y el pueblo y lago de Mondsee es otra maravilla. En fin, que aunque se salte a Mozart, merece la pena. De vuelta por carretera, un cartel señala al pueblo de Branau, donde nació otro austríaco de triste fama, Adolfo Hitler. La guía no dice ni palabra.