Suroeste de EE.UU., mayo de 2004
Este fue un viaje de acumulación de números y superlativos: 7.316 kilómetros en 11 días, 11 parques nacionales y ni un día de descanso.
El punto álgido lo viví en las salinas secas de Badwater, en el Parque Nacional del Valle de la Muerte (Death Valley). A las 8 de la mañana, tras toparme con una curiosa estación meteorológica, me sentí libre.
En este viaje creía que me iba a ir al otro barrio a la entrada del Parque Nacional de Arches, en una esquina remota de Utah. Me salí de la carretera, cayendo mi coche en una fosa dos o tres metros más abajo. En el albor del día, creo que fue un animal, digo creo porque ya no estoy seguro de nada. Pero aparte de las hematomas en ambos brazos producidas por la airbag (bolsa de aire), el parabrisas resquebrajado y probable siniestro total del coche, salí ileso.
Creí también que me había llegado la hora en las dunas del Parque Nacional de Great Sand Dunes. Había que cruzar un arroyo casi helado, y andar un kilometro en la arena hasta las dunas. En ese momento comenzó una gigantesca tormenta de arena, que me acribillo y a la vez me helo el cuerpo. Por unos instantes pensé que me iba a quedar como la mujer de Lot, convertido (o forzado) en una especie de estatua de arena con relleno humano. Pero no, logre salir.
También temí que me llegaba la hora cuando apenas una hora más tarde, se me ocurrió trepar por el sendero a Zapata Falls, unas cataratas remotas en el de por si remoto Valle de San Luis, un gigantesco altiplano de Colorado donde apenas crecen los cactus. El empinado sendero de medio kilometro trepaba 400 metros, y llegue a la base de las cataratas con el corazón a mil y con la certidumbre de que en cualquier momento me entraba el ataquet, como dice mi madre.
Pues tampoco.
Pero al llegar a la base del rio, vi dos cascaditas insignificantes. Me dije que esto no podía ser, y me percate del estruendo que provenía dentro de unas cuevas. No hay sendero por ninguna parte. Estoy cansado, al sol le quedan minutos, y hace frio, sobre todo con mi camisa y pantalón corto. Me aventuro entre las piedras, a tientas en pleno riachuelo. Como en cada catarata, hace frio en sus cercanías. Pero lo que emana de Zapata Falls es puro aire ártico.
Con terquedad, sigo. Tendría que haber desistido hace tiempo, pero ya estoy tan cerca, me convenzo, que sería deshonroso darse media vuelta. Al final, dentro de la gélida cueva, veo fluir a media catarata. La otra mitad es un tempano de hielo. Intento mantener el equilibrio entre las piedras para sacar una foto, y me caigo de bruces. Me pego un golpe en la pierna, duele con cojones. Y de repente estoy mojado, helado, con un dolor infernal en la pierna, y solo.
Ya sin importarme nada me meto en el agua del rio, salgo en la orilla donde entre y procuro bajar a paso ligero. La pierna me duele, pero sigo, no tengo el lujo de parar mucho, me quedaría pajarita. De milagro llego al coche. Tengo los zapatos y calcetines chopados, pero aquí estoy.
Y me doy cuenta que hay que estar loco para hacer lo que hago, para lanzarme por estos caminos de Dios para vivir estas aventuras y desventuras concentradas. Me vino lo mismo a la cabeza hace 13 años, en una remota curva de la frontera haitiana. No he cambiado mucho.