Viaje a México, abril de 2005
Hace 22 años, soñé verdaderamente con viajar a México. Vi un reportaje sobre la migración de las mariposas monarcas a los valles de Michoacán, y desde entonces quise estar entre los miles de mariposas. Después, cuando conocí México, ansié con conocer más partes del país.
En 2003 viajé a San Miguel de Allende y Querétaro, deprisa y corriendo. Se me despertó la sed, y quise volver. Planifiqué un viaje para finales de febrero de 2005, para visitar a las monarcas como a otras ciudades del país. Acabé pidiendo a 13 personas que me acompañaran para no viajar solo. Después de todo, este no iba a ser un viaje de correcorrequetepillo, sino mucho más descansado. Acabé yendo solo.
Este es el relato del viaje; ha aparecido en parte en mi blog. Ver todas las fotos.
Jueves, 7 de
abril de 2005
Ciudad de México me intimida mucho. Lo suelo disimular, pero la mala fama que tiene la urbe se traduce en que mi buena suerte viajera (a veces muy relativa) puede acabarse aquí. Como voy a alquilar un coche, pido consejo a varios chilangos para que me orienten a circular por su ciudad. El objetivo es relativamente simple: llegar a la autopista de Querétaro desde el aeropuerto a eso de las 6 de la tarde. Las respuestas que obtengo son bastante pesimistas. Cálculos de horas, visiones de tránsito paralizado. Al final me inclino por la solución de Circuito Interior hasta Calzada Vallejo y de ahí a la caseta de peaje en Tepotzotlán, por varias vías intermedias.
Aterrizo y alquilo el coche sin problemas (me dan un Dodge pequeño, color amarillo limón). Atravieso el Circuito Interno a las 6, y aunque las calles están cargadas de tráfico, alcanzo Tepotzotlán una hora más tarde. La radio está sumida en el debate sobre Andrés Manuel López Obrador, el alcalde de Ciudad de México que está desafiando a las autoridades a que lo procesen.
Las autopistas de peaje (o cuota, como se dice aquí) de México están entre las más caras del mundo, y no entiendo por qué. Un tramo de 81 kilómetros cuesta algo más de cinco dólares (en España cuesta unos tres dólares, y en EE.UU., unos dos dólares), y verdaderamente la ingeniería no es nada especial. Eso si, se puede correr descaradamente, y apenas te encuentras con policías. 245 kilómetros y 20 dólares más tarde, llego a Silao, un pueblo vértice del triángulo con León y Guanajuato. Veo un hotel en la carretera, y decido quedarme, pues estoy bastante cansado.
El San Javier cuesta 30 dólares la noche, aunque solo quedan habitaciones que dan a la carretera. No me preocupo mucho, y acepto una. Al entrar en la mía, me doy cuenta del enorme estruendo. Son casi las 10:30 p.m. y pasan camiones como si fuera un derby. También me doy cuenta de que se me han olvidado las llaves dentro del coche. Tengo que llamar a un cerrajero, que logra sacarlas por la módica cifra de 300 pesos (unos 25 dólares). Con ruido y todo, caigo dormido.
Viernes, 8 de abril
Me desperté temprano gracias a numerosos fabricantes de motores de camión, y rompiendo el alba salgo hacia León, la ciudad más populosa del estado de Guanajuato. Aunque la ciudad capital del estado tiene una fama merecida, León tampoco merece su poca fama de vistosa. Sus plazas e iglesias, sobre todo la del Sagrario y la alameda central son bastantes bonitas, al igual que su fuente de los leones.
Tras absolver a León, sigo por la autopista, de vuelta a Silao para empalmar con la autopista a Guanajato. Verdaderamente, ninguna otra ciudad guarda tanto enigma para su visitante con vehículo propio. Primero, una glorieta. Luego, un túnel. Después, un paisaje desértico. Otro túnel, otra plaza y ya entras en coche al antiguo cauce del río, convertido en semiautopista subterránea. Adiós a las inundaciones constantes, hola al desastre ecológico y al transporte instantáneo.
Aun así, el tránsito es semicaótico y la falta de espacio para el conductor endémica: se puede estacionar en los túneles.
Guanajuato es una perla colonial, casi ninguna construcción es nueva, y verse en su centro es casi como un viaje al pasado. Sus iglesias, su universidad con su sádica escalinata y sus curiosos callejones le convierten en un sitio especial, en disputa con cualquier otra ciudad de México (me dicen) para ser la más pintoresca.
Choca la ausencia del turista norteamericano y del turista extranjero en general. Aunque los gringos están más metidos en la cercana San Miguel de Allende (inexplicablemente, la verdad), aquí apenas se ven. Lo que sí hay son miles de chilangos y de otras ciudades de México, que han venido a disfrutar de su historia.
Lo más raro en una ciudad sui generis es el llamado Museo de las Momias y Museo del Culto a la Muerte. En realidad, es una tétrica advertencia a los morosos del cementerio municipal. Desde hace un siglo, la necrópolis de Guanajuato tiene una política muy estricta: los familiares tienen seis años para pagar la fosa de su ser querido. De no hacerlo, se exhuma el cadáver.
Si el cadáver está momificado, se exhibe. Si no, se incinera. Todo esto me parece sumamente macabro, pero «vende». Es una de las atracciones más visitadas de Guanajuato, y eso que el museo está lejos del centro. Lo fui a visitar coincidiendo con una excursión escolar, y los niños lo disfrutaban de lo lindo.
Quizá lo que se deba saber de esta magnífica ciudad es que su altura (a 2.100 metros sobre el nivel del mar) y su orografía montañosa («es parecida a la ciudad de Toledo, España», dice una guía). Sí, pero en Toledo la navegación es más clara y menos brusca, y cuando te pierdes al subir un endiablado callejón, no te quedas casi sin respiración. La calle que va desde la Universidad hasta el granero histórico de la Alhóndiga de Granaditas (Pósitos), sería un sendero de dificultad intermedia en el senderismo.
Todo lo domina el monumento al héroe local, El Pípila, cuya gigantesca estatua en un cerro vigila toda la ciudad. Se puede subir por funicular, y arriba los imprescindibles autodenominados guías explican la rica historia minera de la ciudad, incluyendo La Valenciana, que sigue sacando plata y otros minerales del rico subsuelo. La panorámica, sobre todo de noche, es espectacular.
En un derroche financiero, he decidido quedarme en el Jardín de la Unión, el centro histórico de Guanajuato. A primera vista, la selección de hotel (Posada Santa Fe) parece muy acertada. Pero al caer la noche y asumir el cansancio, me doy cuenta que es el vértice del jolgorio nocturno de una ciudad universitaria. Entre mariachis y estudiantinas, se forman las callejoneadas. Para el que haya estado en los San Fermines y la memoria etílica le permite recordar, es muy parecido a seguir una peña: primero los músicos cantando,y detrás el resto de la gente bebiendo y cantando. Hasta vendían botas con vino a 100 pesos (unos 9 dólares).
Me apunté desaconsejadamente, y entre el largo día, el agotamiento, el baile, las canciones (casi todas identificables para un seguidor de estudiantinas), la altura y las subidas y bajadas, duro dos manzanas guanajuatenses, que ya es bastante. Mi habitación da al Jardín de la Unión, y pese al estruendo, puedo conciliar el sueño.
Sábado, 9 de abril
Lo bueno de mi habitación es que tiene acceso a una red inalámbrica, y puedo acceder a la Internet echado en mi cama. Lo malo es que mi web sigue teniendo problemas.
Intento reclutar a Miguel, que vive en San Luis Potosí, para que me acompañe durante el resto del viaje. Nada. Pero mañana domingo me espera en su ciudad con los brazos abiertos.
Después de un desayuno minero (chilaquiles con pollo), salgo por la calle Pósitos hacia el museo Diego Rivera, en la casa donde nació el muralista. Debido a los conflictos que tuvo su familia con el clero guanajuatense, los Rivera salieron pitando a Ciudad de México cuando el joven Diego contaba con 5 años. Y según una placa, el pintor tardó 61 años en volver.
De por sí no es demasiado interesante, y aprovechando la fridomanía, una planta entera del edificio está dedicada a fotos de Diego y Frida Kahlo. Aunque algunas tienen un contexto histórico, cansa ver decenas y decenas de fotos de personas tan feas.
En el tercer piso, una reproducción del mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, quizá uno de los más políticos de Rivera en una cartera artística repleta de política.
Un poco más abajo en la calle está la Alhóndiga de Granaditas. Básicamente, cuando en 1810 el cura Miguel Hidalgo y Costilla dio su famoso grito en el pueblo de Dolores, sus huestes pidieron la rendición de Guanajuato. El comandante de la intendencia se negó, y recogió a centenares de personas y se refugiaron en la Alhóndiga, una mole de edificio que domina la ciudad.
Aquí viene otro paralelismo con Toledo, pero este alcázar cayó gracias al Pípila, un minero enfurecido, que quemó la puerta con brea.
Varias veces en México he sentido un antiespañolismo histórico, y en algunas ocasiones como si yo fuera el responsable directo de la barbarie que ocurrió hace siglos. Lo que pasó después de que ardieran las puertas lo dejo en labios del guía:
«Los patriotas entraron, y mataron a todos los españoles, incluyendo a mujeres y niños. Eran unas 200 personas, y dicen que el patio central se inundó de sangre. Después, enfurecidos, mataron a todos los españoles [sic] en Guanajuato que estaban escondidos, arrasando la ciudad.
«Hay quienes dicen que esto no fue una victoria porque destruyeron Guanajuato, pero hay que entender que los combatientes guardaban la furia de 300 años de abusos y despotismos».
Pues a matar. Hidalgo, que era excelente motivador de masas, era muy mal estratega, y acabó perdiendo contra los viles españoles, demostrando una vez más que Dios ayuda a los moros cuando son más que los cristianos. Excomulgado, fue decapitado y su cabeza colgó durante 10 años en una esquina de la Alhóndiga, metida en una jaula.
Domingo, 10 de abril
La salida de Guanajuato fue bastante triste, me ha gustado la ciudad y le he tenido apego, pero he quedado con Miguel en San Luis Potosí a las 12:30 de la tarde, y quiero ser puntual. Casi no llego, porque con la aguja del depósito de gasolina casi en vacío, pasé de largo una gasolinera, pensando que en la carretera Guanajuato-Dolores Hidalgo habría otra. Casi 60 kilómetros después, y ya con el motor alimentándose casi de las copiosas gotas de sudor en mi frente, repongo en la gasolinera de Dolores Hidalgo. La carretera es un horror de curvas y de falta de señalización, hecha peor por el estrés.
En 1810, el susodicho cura Hidalgo proclamó su famoso grito de independencia (en realidad, una petición para que Fernando VII viniera a gobernar México directamente) desde el campanario de su parroquia de Nuestra Señora de los Dolores. A finales del siglo XIX, el dictador Porfirio Díaz decidió llevarse la campana a la capital del país, dejando una réplica en el pueblo. No soy muy tradicionalista, pero creo que es hora de que se devuelva a Dolores Hidalgo y que el D.F. se contente con la copia.
El pueblo está en la tradicional ebullición del mercado dominical. Sigo por la carretera entre planicies hasta San Luis de la Paz, y a partir de ahí me monto en la moderna autovía que va hasta San Luis Potosí. Miguel es un ciberamigo que por fin conozco, y la verdad que se vuelca conmigo: prepaga una céntrica habitación de hotel, y junto con su amigo Víctor me dedica todo el día. Me niego a lo primero, pero es un hecho consumado, y verdaderamente me da vergüenza.
Después de probar la comida huasteca, a base de marisco, conocemos los callejones e iglesias de San Luis Potosí, otrora gran centro minero y una de las típicas «ciudades de la plata» de México, que actualmente es la mayor en cuanto a población: casi 650.000 habitantes.
El fulgor del pasado se nota en sus callejones (donde se filmaron algunas escenas de la película Frida, emulando al barrio capitalino de Coyoacán) e iglesias. Una de las más bonitas y apartadas es Nuestra Señora de Aranzazu (al parecer la tilde naufragó en la travesía). Mientras la ciudad aprovecha su tarde dominical en el enorme parque Tangamanga, las calles centrales de San Luis parecen sumidas en el letargo de un municipio pequeño.
Después unas gorditas cerca del parque Morales y luego una nieve (helado) de chongos y almendrado de canela. Nos sentamos en el parque Tinga a hablar, y es una de esas sensaciones de que te sientes tan cómodo, que parece que has pasado toda tu vida en el lugar.
Me decido acostar temprano, pero no sabía que mi habitación estaba encima justo de una discoteca. En fin, otra noche sin dormir muy bien.
Lunes, 11 de abril
Desayuno con Miguel, y le increpo a que me acompañe a la segunda parte (¿o es la tercera?) de este viaje, por la zona sur de México: Puebla, Xalapa, Veracruz y Oaxaca, a principios de 2006. Desayuno una cecina, una carne huasteca. Le agradezco a Miguel todo el tiempo brindado a una persona que en realidad no conocía, y nos despedimos.
Sin problemas emprendo el rumbo hacia Zacatecas por la carretera federal 49. México hace todo lo posible para distanciarse de España, aunque acepta la cultura «colonial» como un ingrediente básico de su componente histórico y social. Haciendo honor a una cultura rica y compleja, no voy a decir que México se parece mucho a mi país de nacimiento, pero rumbo a Zacatecas me pasa algo curioso: de repente estoy en España. La carretera es la antigua Nacional II, en su paso por el sur de Soria y suroeste de Zaragoza. El paraje, con monasterios barrocos, es casi igual a la cuenca del río Huerva. Hasta aparecen un par de toros de Osborne en un par de cerros.
El sueño lo rompe un control del ejército, con un soldado de dentado dorado que por poco me pregunta hasta el color de los calzoncillos. En menos de dos horas y media me he plantado en Zacatecas.
Si Guanajuato es el próximo polo colonial de México, Zacatecas es un Guanajuato sin barnizar y poco turismo. Su ilustre pasado minero se traduce en una arquitectura colonial amplia, pero aquí no hay tantos visitantes, y es casi todo nacional. Su catedral churrigueresca no tiene un zócalo o plaza central para ser admirada, y sus calles respiran genuidad por los cuatro costados. Como dicen los mexicanos, del México que se nos va.
Me tomo un café y tarta en el hotel Quinta Real, que es una maravilla porque está construido alrededor de una antigua plaza de toros, pegado al acueducto. Después, un poco de periodismo en Wal-Mart, y me subo a la Bufa a sacar unas fotos. La noche cae sobre la catedral de manera espectacular.
Martes, 12 de abril
Mi segundo día en Zacatecas estaba transcurriendo sin mucha novedad (salvo las enormes cuestas y calles desniveladas). Primero me di una vuelta por la Catedral, y después a hacer alpinismo turístico hasta el teleférico que cruza la ciudad hasta el Cerro de la Bufa, la montaña que domina Zacatecas. En su cima está una iglesia de Ntra. Sra. del Patrocinio, y se conmemora la batalla de 1914, en la que Pancho Villa se hizo con la ciudad.
Al bajar, entro a la Mina del Edén, un antiguo filón que ahora es atracción turística. El guía nos da cascos de mineros y nos mete por varias plantas, explicando las leyendas y demás. De repente, se le ocurre decir: «si los españoles no se hubieran llevado la plata, las calles de Zacatecas estarían revestidas de plata».
He de aclarar que la llamada Conquista del continente americano fue una barbaridad, cuyos fines jamás justificarán los medios. Y que los españoles fuimos muy malos colonizadores, crueles y egoístas como pocos. Y que en cierta manera, existe una responsabilidad nacional hacia el continente. Pero ojo, porque ya que existe dicha responsabilidad nacional, también existe una responsabilidad familiar.
Me explico: mi familia no fue una colonizadora que se estableció en Zacatecas o en cualquier parte del continente apoyado de las armas y de la iglesia para explotar a los nativos. Mis antepasados se quedaron en España, pues la travesía de vuelta a la metrópoli era casi inexistente. Por lo tanto los odiosos colonizadores de siglos pasados por lo general sus descendientes son los mexicanos de hoy.
Al guía le contesto: «sí, es que las calles en España están cubiertas de plata. Pero una pregunta, ¿adónde ha ido a parar toda la plata que salió de aquí desde 1821?» La gente me mira incómoda, y el guía sigue casi como si nada.
Poco después, comenta que «fuimos esclavos durante 400 años». Las demás personas me miran con cara de pena, y aunque es una provocación, digo que ya estoy acostumbrado a que me echen la culpa de todo lo malo que le pasa a México. «Bueno, quizá usted no, pero sus abuelos...», suelta. «Mis abuelos estaban en España, ¿y los suyos?» Un silencio sepulcral vuelve a caer sobre la mina. A 300 metros debajo del suelo, no es bueno enfrentarse a sí a alguien.
Al concluir, no tiene reparo en pedir una propina. Saco un billete de 20 pesos y le digo: «Mire, esto sale de la plata que nos llevamos». Ambos sonreímos. Sigo a pie hasta recorrerme el kilómetro de distancia hasta la iglesia de Fátima («la única iglesia gótica católica en México», según Miguel), y bajar a pie hasta el centro. Una buena caminata, la verdad. De noche, otro paseo por las calles, y una sabrosísima birria zacatecana. Todo ha sido espectacular.
Miércoles, 13 de abril
El mal o venganza de Moctezuma es el nombre que los visitantes estadounidenses dieron a la diarrea en México. Es típico de otros países en vías de desarrollo, pero quizá las cagaleras en México son las más famosas porque reciben más mala prensa. La única instancia de posible contaminación acuática fue el lunes en San Luis Potosí. Pedí un vaso de agua, y Miguel me aseguró de que era embotellada. Pero...¿si es agua embotellada, por qué no traer el envase?
No sé si sería también la trifulca en la planta minera de ayer, pero el caso es que hoy, el día que más tenía que pasar al volante en este viaje, me atacó sin piedad. Los 450 kms. entre Zacatecas y Morelia han sido infernales.
No voy a entrar en detalles, pero que conste que hacer turismo así es bastante desagradable, por no decir imposible. Gracias a Dios por los numerosos cuartos de baño en las gasolineras PEMEX del camino. Llegar a la calurosa y ajetreada Morelia ha sido un poco estresante, pues más que una habitación estoy buscando un inodoro.
No sé si Morelia no se presta al turismo bucólico como Guanajuato y Zacatecas debido a que su centro es un maremagno de coches y peatones, o es que estoy cansado del turismo. Me quedo un buen rato en el hotel, y me acuerdo de mi amigo cibernético Ricardo, que vive aquí. A las 7:30 me recoge, y me voy a su casa. Tardamos casi una hora en cubrir los 4 kilómetros. Entre pitos y flautas se nos hace tardísimo, y ya adormilados me acerca a mi coche, que lo tenía mal estacionado. Son casi las 12:30, y procuro ponerlo en una zona cercana donde se pueda aparcar.
Jueves, 14 de abril
No soy de lo que se dice muy litúrgico con mis creencias religiosas, aunque sí reconozco que todo rito y lugar sagrado tienen su gancho.
La catedral de Morelia es una joya del barroco mexicano, quizá no tan imponente como su hermana mayor en Ciudad de México, pero aun así con su propio brillo.
Entré esta mañana a sacar fotos, y la verdad es que casi me voy al seminario. En plena misa, el coro cantaba, se olía el incienso y los rayos de sol, de un sol imponente y divino, se colaban por los enormes vitriales. La escena era celestial. A cualquier ateo se le hubiera aflojado el corazón.
La religión en México es todo un misterio, más que nada por su intensidad. Una devota avanza sobre sus rodillas al altar mayor, varios jóvenes hacen fila para ser confesados durante la misa, y un grupo nutrido de beatas se queda después de la bendición final para rezar el rosario.
Después de la catedral y un buen desayuno, hago el equipaje y salgo a mi coche, que lo tengo aparcado a una manzana de la central Plaza de Armas.
Me está esperando la imagen estereotípica de un agente corrupto mexicano, de los que salen en los horrendos despliegues hollywoodenses y que te niegas a creer: un cincuentañero gordo y con bigote, para colmo a mitad camino de terminar su paleta (polo) de chocolate.
Intento escabullirme metiendo mis bártulos, pero se da cuenta. Me pide el carné de conducir e inmediatamente me triangula: según él, estoy mal estacionado, y mi matrícula temporal ha vencido. No tengo manera de comprobar lo primero, pero lo segundo es obvio a segunda vista. Los de la agencia de alquiler me han dado un coche con una matrícula vencida.
Y entonces viene el golpe de gracia, el vértice final de una mordida espectacular, porque me tiene por los machos:
-No se puede llevar el carro, ya viene la grúa. Son una multa de 300 pesos, más 200 pesos por el corralón.
- ¿Oiga, y no puedo pagar la multa e irme? Ya estoy aquí. Ya me llevo el carro.
- No, ya viene la grúa.
- ¿Y si le pago a usted la multa?
- Bueno, si usted quiere pagarme por su voluntad, yo no le obligo a nada (SALVO A QUE ME LLEVE EL COCHE LA GRÚA, CLARO!!!!)
Abro mi cartera, y le muestro lo que tengo, 100 pesos en billetes mexicanos, y unos 18 dólares.
- Joven, mientras usted entienda que lo hace por voluntad propia y que yo no le obligo a nada, deme lo que pueda.
Le entrego los 100 pesos (unos 8,50 dólares) y me dice: "¿Y al de la grúa que le doy?"
-Pues tome, todo el dinero que tengo.
-Gracias, joven, que tenga un buen día.
Por la cómoda autopista llego enseguida a Pátzcuaro, que está a unos 55 kms. de Morelia. Pátzcuaro es uno de las ciudades más típicas de México (me cuentan, y por lo poco que he visto, me lo creo). Es la base del lago homónimo, donde se encuentra la isla y pueblo de Janitzio.
Janitzio es el punto más "típico" de la celebración del Día de los Muertos, toda una tradición en este país. La única manera de alcanzar la isla es por lancha o barco, y tentado por el folclor me monto en uno de los "ferries" que hacen la travesía.
La hora que tardo en llegar a Janitzio es inolvidable, me recuerda por qué me gusta viajar. En el barco somos algunos turistas (todos mexicanos salvo yo), pero la mayoría son residentes purépechas de la isla, y sus comerciantes.
Las mujeres purépechas tienen vestidos muy vistosos y hablan su idioma. Los turistas estamos todos muy juntitos, mientras los comerciantes cargan cajas y cajas de comida. Un señor vende un pedazo de pan a un niño, barra que se le acababa de caer hacía unos minutos. Cuando le pagan con una moneda de 10 pesos, se santigua con ella y la besa al final.
Posteriormente, un señor saca una guitarra y otro saca el violín. EL último no sabe muchas notas, pero sí atina al repetirlas y el viaje transcurre con esa macabra melodía (con el perdón de Kreisler, Paganini y Stradivarius; el violín es un instrumento muy tétrico) hasta la isla de la muerte.
Inolvidable, algo que me ha marcado. Me acordaré de muchas cosas en este viaje, pero esta es la que más me ha impactado. Me ha hecho recordar, una vez más, por qué viajo.
De noche, ceno en un restaurante gourmet en la Plaza Grande. Mi mesa da a la terraza, y el local por lo demás está vacío. Una sopa tarasca, un pescado típico y un postre salen por 22 dólares. Y esto es caro. El dueño del hotel tiene que abrirme la puerta del establecimiento. Aquí también soy el único cliente.
Viernes, 15 de abril
Estoy en Pátzcuaro para hacer un artículo sobre la posible llegada de un espacio comercial grande a la ciudad, liderado por Wal-Mart. Me pierdo con mi libreta entre los mercados, intentando hablar con comerciantes y compradores. Pocos sueltan prenda, aunque sí hablo bastante con una norteamericana, que tiene las ideas muy claras de cómo debe ser la vida en su lugar de jubilación. Poco después hablo con dos comerciantes, y salgo para Morelia.
La maniobra es poco común, pues por lo general no te debes ir tan lejos a buscar una entrevista que puede que se dé o no: alguien de Pátzcuaro comprando en el Wal-Mart de Morelia. Al principio no me presento primero, lo cual hace que la gente me rehúya. Después, me presento rápidamente y digo que vengo de Miami y que si me brindan 2 minutos de su tiempo. La mayoría dice que sí, pero claro, la mayoría un viernes por la tarde no es mucho. Por fin encuentro a una chica que también está bastante alegre con la posible llegada de Wal-Mart y que vive en Pátzcuaro.
Menos mal, porque ya los guardias me tienen el ojo echado y me piden que me vaya («joven», me dice uno que tiene unos 10 años menos que yo). A las 8:30 me recoge Ricardo y nos vamos a su casa, a charlar y pasar la noche.
Sábado, 16 de abril
Ricardo tiene que estar en el trabajo a las 7 de la mañana, lo cual me parece obsceno, sobre todo para un gerente como él, y máxime un sábado (además de lunes a viernes). Morelia y el estado de Michoacán han aportado a mi viaje muchas memorias. La ciudad es una joya colonial, y agradezco mucho al licenciado Ricardo habérmela mostrado y su hospitalidad. Entre pitos y flautas, he pasado cuatro días aquí (parte de cuatro días distintos, en realidad), y me voy contento.
El camino cansa, no hay por qué negarlo. Por eso mis viajes suelen tener una vida máxima de 10 días, porque al final acabo hasta el gorro de la soledad, de hacer tantos kilómetros y de mis objetivos. Hoy al salir de Morelia no ha sido excepción. Aunque el alto valle del río Lerma, rodeado de los altísimos volcanes que comienzan a conformar los valles de Toluca y México, es impactante, salí tempranísimo de Morelia, a las siete de la mañana. A las 9:45 paré en Toluca para hacer un par de entrevistas en un Wal-Mart (cuestiones de trabajo) y desayunar mis acostumbrados chilaquiles de pollo.
Toluca está en un valle que forma la u izquierda de una u doble (Ciudad de México está en la u derecha), y es una ciudad enorme, de casi un millón de habitantes. Ya casi estoy entrando en la salida hacia Taxco en su carretera de circunvalación, cuando un desvío por obras nos lanza en plena urbe. No hay ni un solo cartel que diga desvío, o Taxco, ni narices. Hay que seguir por intuición y ver qué pasa. Suerte que traigo un mapa general de la ciudad, y tras media hora logro encaminarme hacia Ixtapan de la Sal y Taxco, pero de no tenerlo, estaría dando vueltas todavía por Toluca.
La carretera entre Ixtapan de la Sal y Taxco es dificilísima, llena de curvas, desniveles y barrancos sin barreras. No es óptima de por sí, y con ya casi cinco horas de carretera y bastante cansancio, menos. Logro llegar a Taxco, donde mi hotel da a la iglesia principal que es una belleza.
Guanajuato fue una graduación secundaria de calles empinadas, Zacatecas toda una licenciatura, la Isla Janitzio un master, y Taxco, emplazada sádicamente en un cerro, todo un posgrado de dejarse las pantorrillas.
Menos mal que está nublado y no hace mucho calor. Las nubes produjeron un chubasco de aupa, dejando a gran parte de Taxco sin luz durante más de una hora. En Silao, se me quedaron las llaves dentro del coche. Y luego el reloj en el hotel.
En Guanajuato, se me quedó el cepillo.
Y en Taxco, el pasaporte y el estuche de la cámara. En fin, que no se puede ser despistado y cansado. Ver todas las fotos.