Viaje por República Dominicana, 1990

A todos aquellos que me inspiraron para hacer este bonito viaje, incluso con sus negativas y advertencias, las cuales provocaron mi obstinación.

A Rubén Spitaleri, y a Jaime Falzarano, por muchísmas cosas, pero principalmente por ser buenos amigos, y por tener bastante madera de aventureros. A Rubén en particular por su arrojo y valentía, a Jaime por su sentido del humor e ímpetu.

Ver fotos del viaje.

A todos aquellos que se adentraron en tierra extraña, pese a que no tuvieran fines excesivamente nobles, y por supuesto, al Almirante de Castilla.

A todos aquellos que han habitado la bella tierra dominicana, en especial a los que sucumbieron defendiéndola de la crueldad española. Su genocidio quedará perpetuado en las páginas de la historia.

A Anacaona, Guarionex, Guacanagarix, Caonabo, Cayacoa y Enriquillo.

Este no fue un viaje común, bajo ningún concepto de la palabra. Fue un trayecto bonito pero rápido, por gran parte de la República Dominicana. Dicen que quien mucho abarca, poco aprieta, y eso fue más o menos lo que nos pasó en este increíble e inolvidable viaje.

              KILOMETRAJE DEL RECORRIDO

DIA
TRAYECTO
KMS
Santo Domingo-El Macao
El Macao-Pedernales
Pedernales-Elías Piña
Elías Piña-Río San Juan
Río San Juan-La Vega
La Vega-Constanza-Santo Domingo
Santo Domingo-Sabana de la Mar (y vuelta)
 
KILOMETRAJE TOTAL
2.961

Ver fotos del viaje.

Estos datos son aproximados, pues no se tomaron diariamente del cuentakilómetros, sino del Instituto Geográfico Universitario. Un ejemplo es que en el día III estuvimos bastante tiempo dando vueltas por los campos cercanos a Galván, y es imposible calcular tan siquiera el número de kilómetros. Dentro de las ciudades hicimos algunos recorridos internos que tampoco están debidamente contabilizados. Es factible suponer que el total recorrido durante los siete días frisa los 3.100 kilómetros.

NOTA SOBRE LA TOPONIMIA DE REPUBLICA DOMINICANA

La toponimia dominicana es tan variada como su geografía. Numerosos lugares y accidentes geográficos tienen grafías para todos los gustos. Pongamos el ejemplo de la ciudad de Monte Cristi. Hay nada menos que cuatro formas de escribirla: Monte Cristi, Montecristi, Monte Cristy y Montecristy. Algo similar pasa con Neiba (o Neyba), Baoruco (o Bahoruco) y Aguas Blancas (o Agua Blanca).

Además, muchas ciudades tienen varios nombres. Elías Piña es oficialmente Comendador, Mao es Valverde y Santiago Rodríguez, San Ignacio de Sabaneta. También, muchas ciudades conservan el nombre del santo con el que fueron bautizadas durante la colonia, mientras otras no. Por lo tanto, todos dicen San José de Ocoa pero nadie dice Santa Bárbara de Samaná ni Santo Domingo de Guzmán ni Salvaleón de Higüey ni Azua de Compostela ni San José de Jimaní ni San Fernando de Montecristi. Algunos nombres antiguos siempre han mantenido su vigencia, como Santiago de los (Treinta) Caballeros y otras están recobrando su viejo esplendor, como Santa Cruz de Barahona.


Día I. 13 de mayo de 1990

Madrugo en la casa de la Calle de las Mercedes, en pleno centro histórico de Santo Domingo capital. Me preparo para el gran trayecto, que parecía escurrirse entre las manos los últimos días, el viaje que tanto he anhelado durante los últimos meses.

El amigo Rubén Spitaleri me va a acompañar, junto con un semipolizonte, Jaime Falzarano, su concuñado. La primera jornada iba a ser algo libidinosa (bueno, algo más de la cuenta), pues Claudio, el hermano de Jaime, iba a conseguir unas amiguitas para entretenernos un poco por las playas del este. Las amiguitas han fallado, y Jaime se incorpora con entusiasmo.

He alquilado un vehículo todoterreno, una jeepeta Isuzu Trooper, que es potente, y podrá (espero) superar los obstáculos del camino en las zonas más recónditas de la nación.

Cogemos pronto la Autopista de Las Américas, en dirección este. En esta carretera (llamarla autopista sería algo exagerado), están las famosas playas de Boca Chica, Caribe, Guayacanes y Juan Dolio.

Nos bajamos brevemente en Guayacanes, para solo verla, pues aunque es decididamente bonita, también es muy turística. En los alrededores de San Pedro nos para una patrulla de policía. En estas ocasiones, se suele obsequiar al policía con diez pesos. Pero la suerte nos sonríe casi tanto como estos agentes del orden, pues nuestra jeepeta ostenta el mismo color que el del partido en el poder, el PRSC. Después de intercambiar consignas electorales, nos dejan marchar sin problema alguno.

Pasamos raudamente por San Pedro de Macorís, y llegamos a La Romana, tercera ciudad del país, sede de la central azucarera del mismo nombre y punto fuerte sindicalista. Aparcamos cerca de un colmado a comprar fruta y productos enlatados. La Romana rebosa en industrialismo, y su aspecto urbano así lo acusa. Pero a apenas 10 kms del centro de la ciudad, está el complejo turístico y residencial más importante de todo el Caribe: Casa de Campo.

Casa de Campo es una macrourbanización, con precios alucinantemente altos comparados con la norma dominicana. Vigilada y cercada, parece completamente ajena al país que la rodea y a sus problemas. Subiendo por una agradable carretera se llega a Altos de Chavón, conjunto de edificios de piedra al estilo renacentista italiano. Es curioso que tras varios años de visita a la República Dominicana, venga por fin a ver esta maravillosa villa, que pese a su atractivo es sumamente difícil de emplazarla en el ámbito dominicano.

Desde la primera vez que llegué a la isla he oído hablar de la suntuosidad de Altos de Chavón, pero no pensé que era para tanto. Al ver por primera vez esta maravilla, he cambiado radicalmente de opinión. No se habla lo suficientemente bien de esta preciosidad.

Como su propio nombre sugiere, Altos de Chavón está ubicado en un cerro sobre el río Chavón. A su lado está el gigantesco anfiteatro de piedra, que parece sacado de Mérida. Andar por las calles de Altos de Chavón traslada a uno a un pueblo de la Etruria, donde parece que Gian Galeazzo o un Signore Visconti va a entrar a galope de un momento a otro. Cabe también destacar su bonita iglesia, que de por sí es imposible de describir. Junto a la iglesia está la espléndida vista al Chavón, cubierto con un lecho de palmeras.

Bebemos un par de refrescos (carísimos, por cierto) y reemprendemos el viaje. Extraña un poco que al salir de Altos de Chavón y de Casa de Campo no haya un control de aduanas, pues la verdad es que es como si se estuviera en un país diferente. Seguimos en dirección este hacia Higüey, cuando torcemos a la derecha para ir a Dominicus, el complejo turístico cercano a Bayahíbe. Dejamos Dominicus a la derecha y tomamos una carretera de arena bordeando la paradisíaca playa. Es una zona totalmente virgen. A los dos kilómetros encontramos una valla, con un cartel que anuncia «Parque Nacional del Este».

Según el mapa de carreteras, el camino sigue bordeando la playa hasta la otra punta del parque, Boca de Yuma. El guardaparques que nos espera en la puerta de la valla, sin embargo, nos dice que es imposible acceder con jeepeta, y que por lo tanto hay que dar la vuelta. Le discutimos, pero sin resultado alguno, pues no cede un ápice. En una tontería, la cual iba a ser superada sólo una vez, le pedimos que habrá las puertas para así facilitar la maniobra. Fue entrar y estancarse la jeepeta en la arena.

Nos quedamos perplejos, pues en teoría la jeepeta tiene tracción a cuatro ruedas, pero no avanza nada. Estuvimos tres horas sacando la jeepeta de mierda, con la ayuda del incansable guardaparques, Juan Julio Castillo, que no echó la toalla, y que continuó buscando e instalando puntos sólidos como troncos, hojas de palmera y piedra. Creo que desde el último cataclismo no se habían movido tantas piedras como hasta en esta tarde. Estoy en bermudas, y veo que mis piernas están cubiertas de los dichosos genegenes, una variedad de mosquito, más voraz y minúsculo, cuya picadura es indolora sólo al principio.

Una vez que hemos salido, y tras recompensar con lo que podemos a Juan Julio Castillo, nos damos un chapuzón en la playa. Volvemos a la carretera principal, tomando el desvío sur hacia San Rafael de Yuma. Cerca de esta localidad está la casa reconstruida de Juan Ponce de León. Este tipo de caserón castellano choca con el ambiente tropical de su alrededor.

Continuamos hasta el pueblo de pescadores de Boca de Yuma. Allí nos sentamos en una pista de baile pegada a un acantilado, mientras una señora nos prepara pescado. Vemos la preciosa puesta de sol, y los estruendosos merengues tocan a todo meter. Una vez que hemos cenado, y ya anochecido, pasamos por Higüey, donde vemos muy mal la Basílica de La Altagracia, y seguimos por una pésima carretera hasta El Macao y las cabañas de Don Coco. Apenas tenemos dinero como para volver, y tomo una decisión sumamente injusta: Rubén y yo dormiremos en una habitación, mientras el pobre Jaime lo hará en la jeepeta.

Reconozco que en este entonces Jaime me caía bastante gordo (valga la contradicción), y que aunque la decisión no me pesó en el momento, lo hizo más tarde. Con la sal de la playa y con las numerosas picaduras en nuestro haber dormimos arrullados por el oleaje.


Día II. 14 de mayo de 1990

Nos levantamos con el sol. Las picaduras me han molestado un poco, pero a Rubén le están torturando. Vemos las preciosas playas de El Macao, que según la Organización Mundial de Meteorología es la playa con mejores condiciones climatológicas del mundo. Aparte de lo que digan los hombres del tiempo, es simplemente maravillosa. Aunque están efectuando algunas obras, en su mayor parte es completamente virgen. Seguimos por la costa hasta llegar a Bávaro, y allí tomamos una carretera de vuelta a Higüey. En Higüey vemos la basílica por fuera otra vez, y seguimos por los valles del este hasta El Seibo, donde paramos brevemente. Seguimos por la carretera por Hato Mayor del Rey y luego la curva hacia San Pedro. A eso de las once de la mañana estamos de vuelta en la capital.

Mientras Rubén y Jaime van a comprar medicinas, yo compro bidones y soga. Me enfado un poco porque han tardado algo. Salimos a la una de la Capital, por la carretera Sánchez hacia el sur. Cruzamos San Cristóbal a toda prisa, y paramos en Baní a tomar algunos de sus famosos dulces. Ya a la altura de Azua, me releva Rubén mientras yo me echo una siesta. A la una de la tarde llegamos a Barahona, la ciudad más importante del sur del país. Entramos brevemente para pedir indicaciones para subir al Polo Magnético.

El Polo Magnético es precisamente eso, en una montaña. Por lo que parece, los vehículos suben una ligera pendiente en punto muerto. He de aclarar de que aunque lo estoy viendo con mis propios ojos, puede ser una ilusión óptica. Bajamos en segunda, retenidos por la montaña. De vuelta en Barahona, comemos en un restaurante cercano a la playa. Caro, pero con buena comida, en la cual Jaime y Rubén me achacan que le eche tanto ketchup a los tostones (¡pero que ricos están así!), y comemos el delicioso lambí.

La carretera hasta Pedernales está en obras. Son este tipo de infraestructura las que la oposición echa en cara al gobierno del Dr. Joaquín Balaguer Ricardo, pues están muy bien, pero faltan escuelas y hospitales. Los temas electorales tienen más vigencia y pasión en este país, donde tanto la pobreza como la riqueza son muy reales.

Las vistas de la carretera son preciosas, pues negocia su recorrido entre las faldas de la Sierra del Bahoruco y el bravío mar. Antes de Paraíso nos pegamos un chapuzón en el Balneario de San Rafael, ya auxiliados por el consabido pote de romo. Entramos en esta ciudad, en la que hay una manifestación perredeísta, que vadeamos con éxito.

Seguimos por la carretera, suavizada por los llanos cercanos a Oviedo, y cogemos su curva septentrional hacia Pedernales. Mientras Rubén se echa una siesta, tomo excesiva velocidad por las curvas pegadas al Parque Nacional de Jaragua. En una de estas curvas me encuentro con un pequeño toro, al cual golpeo ligeramente. Esto sobresalta a Rubén, que me amonesta. Con la última luz del día llegamos a Pedernales. Hemos cruzado el país de este a oeste en poco menos de once horas.

Estamos cansados, pues la verdad es que ha sido intenso. Rubén está mareado debido a las curvas. Lo dejamos en la pensión mientras buscamos Alka Seltzer en el somnoliento Parque (plaza central). El precio de la pensión por dos habitaciones es de cuarenta pesos. Administramos el Alka Seltzer a Rubén, que definitivamente no tiene buena cara, y salimos Jaime y yo a cenar.

El único sitio que sirve comidas formalmente en Pedernales se llama El Bohío, aunque cuando fuimos estaba en obras. Comimos lambí, plato bueno, pero carísimo, pues nos cobraron casi doscientos pesos. Al volver a la pensión, nos encontramos con una manifestación peledeísta, que al estar tan dispersa apenas nos obstruye el paso. Una vez el la Pensión, pagamos por adelantado a la doña, quien nos dice que no se puede subir por la carretera del Bahoruco, pues ni el Cuerpo de Paz lo logró. Allí arriba, sentenció, se nos llevaría el diablo. Son casi las diez de la noche cuando nos acostamos.


Día III. 15 de mayo de 1990

Nos levantamos con el alba, pasadas las seis de la mañana. Estamos cansados pero dispuestos. Rubén, a Dios gracias, está recuperado. Repostamos en la Shell que está en la entrada del pueblo, y seguimos en dirección norte. En la salida septentrional de Pedernales hay un control militar, y nos preguntan que si le podemos dar bola a un guardia. Aceptamos gustosos, y mientras subimos las escarpadas pendientes del Bahoruco, nos cuenta sobre el control militar que se ejerce en Pedernales. Dejamos al guardia en el penúltimo destacamento que hay en la falda sur del Bahoruco.

La subida a las alturas del Bahoruco es todo un espectáculo natural. Poco a poco las secas malezas tan características de Pedernales son suplantadas por pinos serranos. Una vez pasada una aldea de campesinos, llegamos a un prado lleno de flores, y al poco estamos en el collado de la sierra, a más de 2.200 metros de altura. La carretera en este tramo es bastante escarpada, y la bajada es aún más espectacular, pues el lado septentrional apenas recibe sol el sol matutino, y el follaje es aún más extenso. Bajando y bajando empiezo a temer que estemos perdidos, pues según el mapa la carretera ya debería haber reaparecido.

En el momento que estoy sospechando esto, el motor se para. Inmediatamente, las palabras de anoche de la doña retumban en mi cabeza: «Allá arriba se les llevará el diablo». Ahora sí que estamos en el medio de la nada. Rubén, buen entendedor de mecánica, abre el capó y se da cuenta que se han salido los bornes de la batería. Tras conectarlos y apretarlos, resumimos nuestro camino. En una bajada, nos encontramos con el destacamento de Los Aguacates. En la puerta, un soldado nos dice que para ir a Jimaní hay que torcer a la izquierda por un sendero de maleza. Pero inmediatamente sale un oficial para indicarnos que hay que seguir por el camino en que vamos. ¡Uf!

Seguimos bajando y llegamos a Puerto Escondido, un espantoso pueblo, feo y escachambroso. Una vez pasado Puerto Escondido, se baja por el valle del Río Las Damas hasta la cuenca del Enriquillo. Apenas tres kilómetros antes de Duvergé, cuando ya estábamos considerando darnos un chapuzón, un guardia nos para y nos registra levemente el equipaje. Entramos en Duvergé, donde repostamos en la Shell en la entrada del pueblo. Bordeamos el lago hasta entrar en el Valle de Limón, cuyo paisaje me recuerda a Arizona. En la población de Limón de Duvergé nos paran un par de guardias, y nos pide una bola hasta un alto de la carretera.

Una vez pasado el alto, nos encontramos con un haitiano cuyo camión se había estropeado, y nos pidió una bola hasta Jimaní. Allí cogemos la carretera hasta el paso fronterizo de Malpasé. En la carretera hay una fortaleza militar, y en el puesto un oficial nos pide (¡qué extraño!) una bola hasta la frontera. Al llegar, nos dejan estar por la zona. Haití está igual de árido que Santo Domingo, y aparte de tres o cuatro haitianos que están esperando, hay muy poco que ver.

Volvemos por Jimaní, y enfilamos hacia el norte, pasando por Boca de Cachón, hasta llegar a La Descubierta, en la esquina superior izquierda (o sea, noroeste) de Lago Enriquillo.

Vamos a un comedor, y mientras nos preparan el arroz con habichuelas, leemos la prensa. Mañana serán las elecciones. Por la situación en que está el país, es de suponer que el partido de Juan Bosch tiene algunas posibilidades de vencer a Balaguer.

Mientras Bosch es un idealista de izquierdas, con una lengua incontrolable, Balaguer es el político nato, que se ha logrado salvar gracias a su tacto y palabra.Mañana se decidirá un capítulo importante de la historia dominicana.

Comemos y vamos al borde del lago, donde se fletan barcos para ir al P.N. Isla Cabritos, donde existe una variada flora y fauna. El viaje en barco cuesta 300 pesos, y declinamos la oferta. Seguimos hasta Las Caritas, que son unas inscripciones indígenas hechas sobre piedra. Se supone que esto era una especie de lugar de reunión tribal, con unas vistas al lago impresionantes.

Mientras Rubén se echa una siesta, volvemos a La Descubierta, donde compramos gasolina a particulares, y preguntamos sobre la carretera hasta Ángel Félix. Según el mapa, la carretera parte de La Descubierta hacia el norte, trepando la Sierra de Neiba, y bajando hacia Elías Piña. Según los del cuartel, han habido derrumbamientos y no se puede transitar por allí. Este viaje es de aventuras, pero a tanto no nos atrevemos.

Continuamos en dirección este hasta Galván, y allí preguntamos por otra carretera que, una vez más, según el mapa cruza Galván hasta Vallejuelo y San Juan de la Maguana. La carretera, dice un local, se coge en Cabeza de Toro. Nos adentramos por los caminos vecinales, parando a darnos un baño en una acequia. La Cabeza de Toro nos elude, y acabamos en un platanal, donde nos encontramos con un haitiano sentado.

Así fue la conversación:

-¿Es este el camino para Cabeza de Toro?
-No
-Entonces,¿se va por allí?
-Sí
-¿Está muy lejos?
-No

Al principio no supimos qué hacer con su opinión, pero acabamos siguiéndola. Dimos un par de vueltas y botes, y de repente nos internamos en un profundo desierto. No encontramos la maldita Cabeza de Toro ni a tiros, y casi después de dos horas nos rendimos. Bajamos, por medio de un ingenio y de su correspondiente batey, hasta Tamayo.

En Tamayo nos refrescamos y seguimos por Vicente Noble y El Quince hasta San Juan. Pasamos esta ciudad raudamente, y llegamos a las Matas de Farfán. Aquí Jaime empieza a tener una discusión con una chica de una guagua, puesto que ella se atrevió a sacar su dedo índice. Aunque había dicho que deberíamos manifestar nuestra neutralidad, esto no impide a Jaime llamarle de todo.

Ya al anochecer llegamos a Elías Piña, y está empezando a fallar el motor. Descargamos en el Motel Iris y vemos con la ayuda del motelero que se había salido la capucha de una bujía. El motel es barato: 10 pesos por una habitación con abanico, mosquitera y ducha. Todo un lujo. Ya de noche nos damos una vuelta por Elías Piña. Cenamos fritura en un puesto de la calle, unos deliciosos espaguetis con yuca. Sentados en la calle, comiendo, alumbrados por una farola, Jaime servicialmente me trajo un refresco, que al ser de fresa rechacé groseramente. Todavía no me explico cómo no me tiró la botella a la cabeza.

Compramos nuestro sustento medicinal, el ron, y después de hacer unas llamadas a la capital, volvemos al motel. Mis picaduras se han curado casi por completo, pero las de Rubén todavía están a flor de piel. Nos acostamos temprano una vez.


Día IV. 16 de mayo de 1990

Nos levantamos a las siete. Tras apañar todo, volvemos en dirección a San Juan hasta el ajetreado cruce de Matayaya. La gente se está acumulando para ejercer su derecho al voto. Subimos en dirección norte, pasando Sabana Cruz, Bánica y Pedro Santana. En esta última localidad se baja hasta la orilla del Río Artibonito para coger el puente de la Carretera Internacional.

Durante la época de la colonización, y después como naciones independientes, ambos países se han disputado su remota y árida frontera, hasta que a finales de los años veinte, una comisión binacional países fijó los límites a través de mojones piramidales. Al haber una franja de casi 50 kilómetros al oeste de los ríos Artibonito y Libón, esta parte de la frontera se cubrió con una carretera. La carretera no es nada del otro mundo, aunque si te puede enviar fácilmente dicho lugar, debido a sus estrecheces, derrumbes, curvas peligrosas y numerosos barrancos.

Nada más cruzado el Artibonito, la carretera trepa hasta ubicarse a unos cien metros por encima del río. El paisaje es desolador, un desierto, con apenas algunos árboles en el lado dominicano. Aparte de los curiosos cuarteles dominicanos, con apenas contingente, y de los pocos haitianos que deambulan por aquí, el aspecto es de soledad total, recordándome a las imágenes de las llanuras inglesas, sin un solo árbol.

Paramos en un manantial, y un par de veces por los polos. Casi cinco horas más tarde llegamos al primer puesto dominicano en carretera íntegramente dominicana. Villa Anacaona de pueblo tiene poco, pues es un cuartel militar con barracones. En la parte norte hay una iglesia de madera negra, con cuyo aspecto tétrico nos quedamos impresionados.

La carretera de Villa Anacaona a Restauración cruza las estribaciones más bajas de la Cordillera Central, a través de espesos pinares. Esta carretera fue construida por el ajusticiador principal de Trujillo, Oscar de la Maza.

Pasamos rápidamente por Restauración y Lomas de Cabrera. Cerca de aquí, en el Cerro Capotillo, los luchadores dominicanos pusieron la bandera nacional un 16 de agosto de 1863. Comenzaría así la segunda guerra de independencia, o de Restauración, esta vez contra España. Bajamos hasta Dajabón, donde comemos (arroz con habichuelas y puerco), y vamos al puesto fronterizo para ver si podemos pasar a Haití. Los guardias, en tono brusco, nos prohíben el cruzar la frontera, pues «está cerrada» (como si fuera un colmado), e igualmente nos prohíben sacar fotos de las instalaciones militares.

Yo he estado en el Kremlin y en el Pentágono, y en ambos pude sacar fotos, y son mucho más estratégicos que un puesto chimichurri en medio de la ciudad. Por lo cual saco la foto con discreción.

Seguimos hacia el norte, donde impera un desierto coronado por el Morro de Montecristi. En Copey torcemos a la izquierda para ir hacia el impresionante Pepillo Salcedo y Bahía de Manzanillo. Aquí hay un gran muelle y una enorme estación ferroviaria.

Volvemos a Copey, y al poco llegamos a Montecristi. Esta ciudad tiene una curiosa historia, paralela con la de la República Dominicana. Fundada al principio de la colonia, la ciudad prosperó hasta la época de las Devastaciones, a mediados del siglo XVII, cuando debido al alto número de ataques piratas, se ordenó la despoblación de la ciudad al este central de la isla, en una ciudad junto con los de Puerto Plata (en un derroche de imaginación, la ciudad se nombró Monte Plata). Al final se recapacitó, y la ciudad se repobló con familias canarias (La última parte de la primera colonia española se caracterizó por sus constantes peticiones de familias españolas, como si de vino se tratara).

La ciudad, salvo un curioso reloj victoriano, no tiene mucho que ofrecer, pero el Morro, sí. Es un montículo en la parte norte, así bautizado por el mismo Almirante. Detrás de El Morro, hay una playa de arena fina y de fuertes olas. Nos bañamos, aunque no por mucho, y seguimos nuestro camino. Repostamos en Villa Vázquez, y seguimos, subiendo por Cruz de Guayacanes hasta Los Hidalgos, y de allí hacia La Isabela pueblo. Rubén se está echando una siesta, pero había dicho que cogiéramos para Punta Rucia.

Volvemos a La Isabela, y de allí seguimos hacia El Castillo. El Castillo, o Isabela antigua, fue la primera ciudad europea en el Nuevo Mundo. Para alcanzarla, hay que cruzar el Río Bajabonico, un Bajabonico tal y como se lo encontró Colón, sin puente. Al llegar allí, vemos algunas casas, y al norte un vallado, sin puesto y sin nada. Estamos a punto de volver, cuando un señor ya mayor sale a recibirnos.

Se identifica como el guarda, y abre la valla para mostrarnos las ruinas por dentro. Resulta que aparte de los cimientos, queda poco más en pie. La razón es muy sencilla, ya que en 1932, para conmemorar el aniversario del Descubrimiento, el gobierno de la II República Española le pide a Trujillo inspeccionar las ruinas. Al dictador no se le ocurrió otra cosa que limpiar toda la zona con excavadoras y echar todas las ruinas al mar. El trabajo de un arqueólogo ha hecho posible que se pueda determinar con relativa exactitud la configuración del pueblo.

Nuestro guía es una fuente de información, para estos y otros datos, recitando placas y discursos al pie de la letra. Es completamente fascinante, y sólo porque tenemos prisa no estamos allí más de una hora. Cerca de allí damos una bola a un peledeísta tostado (y algo bebido) hasta Luperón, y atravesamos Imbert hasta la carretera a Puerto Plata. Pasamos Puerto Plata y Sosúa rápidamente, apenas viendo los resortes, y nos adentramos en la oscuridad de la carretera. Pasamos por el bullicioso Gaspar Hernández, que contrasta con la tranquila Puerto Plata. Justo antes de llegar a Río San Juan, se nos poncha una rueda. Irónico que suceda aquí, en una carretera asfaltada, después de las carreteras de cabras que hemos usado.

Empezamos a cambiarla en el estacionamiento del hotel principal de la ciudad cuando nos damos cuenta que el gato está saturado por la arena del Parque Nacional del Este, y que por lo tanto no sube. Por fin nos prestan otro, y tras obtener los altos precios de ese y de otro hotel costero, vamos a uno definitivamente más modesto, regentado por un tétrico enano. Yo estoy cansado y muerto de sueño, y sólo quiero acostarme, pero Jaime y Rubén insisten en ir a cenar conmigo, y me logran arrastrar hasta un cercano restaurante.

Yo no ceno nada, y a la salida un borracho se empieza a meter con nosotros. Lo que faltaba. Caigo en la cama como un leño.


Día V. 17 de mayo de 1990

Me levanto a eso de las siete y media, y tras insistir un par de veces, logro que Rubén y Jaime se levanten. El viaje está resultando ser una paliza, pero el ritmo, para así ver todo, no puede ser ralentizado. Desayunamos mientras arreglan la goma ponchada, y ya se empiezan a filtrar los primeros resultados del escrutinio electoral.

Salimos de Río San Juan en dirección este, pasando por los poco impresionantes Cabo Francés Viejo, Playa Diamante, Cabrera y Nagua, hasta llegar a la Península de Samaná. Esta península es una franja de unos 60 kms de largo y 20 de ancho, con una gran cadena montañosa en medio. La carretera principal que cruza toda la península es ancha, aunque tiene bastantes baches. Ponemos la radio, que anuncian los escrutinios más recientes: El PLD gana por los pelos al PRSC. Quedan aún por lo menos 36 horas para finalizar el conteo de votos.

Samaná es paradisíaca por sus palmeras y anchas playas de arena fina, y al poco llegamos al extremo oriental de la península, Las Galeras. Aquí nos bañamos y echamos al sol. Mientras Rubén y Jaime juegan, yo reposo, pensando sobre lo rápido que estamos yendo. Espero poder repetir este viaje a un paso más comedido.

Vamos a un puesto en la propia playa a comer. Las especialidades de Samaná son el pescado al coco, pero el camarero dice que eso tarda mucho, y nos dejamos convencer para que sirva arroz con habichuelas. Aprovechamos y le decimos que nos saque una foto a los tres[tras revelar la foto, nos dimos cuenta que el camarero no sabía nada de fotografía].

Después de comer vamos a Samaná City un momento, y cogemos una espantosa carretera hasta llegar a Playa Rincón. Playa Rincón es tan bonita como El Macao, pero más íntima, más recóndita, lo cual le da un toque personal.

Nos bañamos en el río que desemboca en la parte norte de la playa. Después de lo que nos dijeron en la Carretera Internacional, me confío y le instruyo a Rubén que se meta por la arena. Esta fue una estupidez total, pues nos quedamos atollados, y sólo salimos con la ayuda de unas diez personas y bastantes hojas secas de palmera.

Al salir, Jaime tiene una pelea con Rubén, y casi acaba pidiendo bola en la carretera. Salimos de vuelta a Santa Bárbara de Samaná, y damos bola a una chica (no le dimos más porque no quiso) hasta la ciudad. Allí vemos el hotel estatal, que está desbaratado.

Vemos la isla en la mitad de la bahía con su paso peatonal, y la playa municipal, que no es la gran cosa. Compramos hielo, que lo metemos en un bidón de agua, y salimos hacia la costa norte de la península, a las ciudades de Las Terrenas y Portillo. El cruce de las montañas es bonito, aunque las curvas y cambios de rasantes de la carretera son bastante vertiginosas. De vuelta a Samaná dimos una bola a una chica guapísima (estaba casada y con hijo), y fuimos al hotel Bahía Beach, que está completamente abandonado, a ver la panorámica de Cayo Levantado y e la Bahía de Samaná.

Compramos hielo (tontamente, pues no lo aprovechamos) y salimos hacia Las Terrenas, al otro lado de la montañosa península. La carretera estaba muy bien asfaltada, pero las cuestas y curvas eran horrorosas. Este resorte está algo apartado, pero aún así es caro. Fuimos por la playa hasta Punta Bonita, y volvimos hacia Sánchez. De nuevo Rubén le echo agallas al tema y fuimos desde Nagua hasta La Vega completamente a oscuras.

Una vez que llegamos a las cercanías de La Vega, una patrulla de carretera nos paró. Les logramos convencer que éramos reformistas (en un jeep rojo no era muy difícil) y nos dejaron ir pese a que Rubén iba a 110 km/h. Llegamos a casa del Chene, amigo de Rubén, donde nos dijeron que Joaquín Balaguer, gracias a su asociación con el Partido Quisqueyano Demócrata, Partido La Estructura y Partido Nacional de Veteranos Civiles, estaba ganando por unos cinco mil votos al PLD.

Pese a lo irrisorio del margen, Juan Bosch había, según Radio Exterior de España y otras fuentes, mandado a sus militantes a las calles. La noticia nos cayó como un bombazo, pues estábamos seguros de la victoria peledeísta. Ahora encajaban todas las escenas de calma que habíamos visto por la tarde.

Pensando que si iba a haber follón, que nos pillara mejor en un lujoso hotel como el Guaricano, un poco apartado del centro de la ciudad. Si la revolución se nos estaba echando encima, pues por lo menos recibiríamos la muerte cómodamente. Durante el aperitivo empezamos a intercambiar comentarios sobre la preocupante situacion politica, la mayoria de ellos pesimistas. Todo ello no eclipsó el maravilloso chivo que sirvieron, que me comí a dos carrillos. Nos acostamos muy preocupados y decidimos el volver mañana a primera hora a la Capital.


DIA VI. Viernes, 18 de mayo de 1990

A las siete me despierto algo sobresaltado por el silencio absoluto del hotel. Despierto un par de veces a Rubén y Jaimito, y pago en recepción, donde me informo que las cosas siguen igual de tensas. Pensamos que pasar con jeepeta roja por Bonao y Villa Altagracia sería una provocación de primer grado en ambos puntos fuertes peledeístas. Por lo cual pusimos rumbo hacia la montañosa ciudad de Jarabacoa, apartada del lío. Rubén vivió una temporada no muy feliz en La Vega, y nos cuenta sus hazañas por la localidad.

La carretera hasta Jarabacoa esta cubierta de niebla, pero el firme esta en buen estado. Jarabacoa es muy famosa por sus paisajes, lástima que no se puedan ver. De Jarabacoa a Constanza, sin embargo, la carretera es francamente infernal. Ya llegando a Constanza, que parece un valle sacado de Suiza, vemos a los boinas verdes desplegados por las calles. El verdor de la zona (es el valle intramontano mas alto del Caribe, a 1070 metros) y el frescor del clima me encantan. En una sandwichería nos tomamos un delicioso batido de fresa y un sándwich cada uno.

Saliendo por la carretera de San José de Ocoa, dimos bola a un muchacho que dejamos a la entrada de la carretera de Agua Blanca. Agua Blanca es un chorro de agua que cae desde unos treinta metros haciendo cascada. El sitio aparte de ser remoto, tiene un encanto mágico. El agua forma un par de lagunas, y si no fuera por el fresco que hacía, me hubiera bañado. Subimos por las escarpadas carreteras, dando una bola a una señora e hijo, y al salir de Valle Nuevo la niebla ocupo la visibilidad de la carretera. Las zanjas y desniveles de la carretera no eran mininos tampoco, y cuando la niebla era mas espesa, casi pasamos de largo la pirámide geográfica. Dicha pirámide representa el centro geográfico de la Isla de la Española.

La carretera empeoró tanto que mi frase de no es un río que pasa por la carretera, sino una carretera que pasa por un río la describió bien. En un par de baches estuvimos a punto de caer en unas zanjas enormes enmedio de la carretera. A 38 kilómetros de San José se abrió ante nosotros el amplio y fértil Valle de Ocoa. Por el alto valle damos una bola a Félix Rodríguez, labrador, que nos hablo de la gran fertilidad del suelo, y de lo económico que resulta el comprar una tarea de tierra (unos 625 metros cuadrados). Tras muchas curvas y bajadas, se nos presenta ante nosotros de sopetón el valle formado por la ciudad de San José de Ocoa en sí.

Al no encontrar Rubén un lechón de su agrado y alcance ecomomico, cojo el volante en San José y voy hasta la capital zumbando, haciéndome los 115 kilómetros en hora y media, no sin ser registrados en Baní por diversos miembros del ejército y la policía. A las tres estamos en el Malecón,arropados por el dispositivo de seguridad que cubre toda la Capital. Nos pasamos brevemente por mi casa a dejar el equipaje, y salimos a por una comida tardía en Il Capo. No habíamos probado bocado desde Constanza, y el rigor del viaje nos ha abierto bastante el apetito.

Pase a recoger a Guillermo, que al igual que toda la Republica ni trabaja ni estudia hoy. Al contarle nada más nuestro recorrido, se queda asombrado (que te cagas, tío), y no entramos mucho en detalle mientras nos damos un trago en el Café Atlántico. Mientras, Rubén y Jaime se han acoplado, y vamos a casa del último.

Allí tomó lugar la ultima gran discusion poltica entte Guillermo y Claudio, el hermano de Jaime. Acabó con todo Guillermo al exclamar al final: Si Balaguer hubiera sido presidente por treinta anos, la capital tendría hasta subway (metro). Jugamos billar hasta una hora prudencial, yo dejando que Guillermo se dejase perder un par de partidos por ocho negras razones. Vamos a una licorería del Malecón a comprar ron y sangría, y pese las advertencias del tendero nos lo bebemos en la puerta. Nos gustaría prolongar la noche, pero mañana hay que hacer mas kilómetros, y hoy ha sido un día muy largo. Dejamos a Jaime y Guillermo en sus casas, y a las once y algo estamos en la zona colonial.


DIA VII. Sábado, 19 de mayo de 1990

Me despierto temprano, y tras arreglar unas cosas dejo e carrete de película en el fotomatón y la guagua 53 sale primero a Arroyo Hondo a recoger a Guillermo y después a El Portal a por Jaime. Rubén no se iba a apuntar, pero al recoger las fotografías cambia de opinión. Salimos tardísimo de la Capital hacia Sabana, y me pongo a mil en la Avenida de España, causando gran consternación entre los del grupo y también entre un nutrido grupo de motoristas (a uno en especial casi le doy un empujoncito hasta el aeropuerto).

Al llegar a la autopista incremento mas aun la velocidad, y ante la mirada preocupada de todos exclamo: ¡«Es que Iñaki está bomba!» La cara de espanto de Guillermo fue digna para una foto. Pese a que todos criticaron directa o indirectamente mi forma excelente de conducir, llegamos a Hato Mayor sin problemas.

A la salida di el volante a Guillermo, que en las 102 curvas que hay hasta Sabana de la Mar condujo ejemplarmente, sin dar indicio alguno del posterior arrebatamiento, Tuvimos suerte, pues pese a la hora logramos conseguir una yola hasta el Parque Nacional de los Haitises, gracias a su gerente, Héctor Taveras.

Tras una fría, frugal y saladísima comida salimos en camino de la aventura y el turismo. La acelerada conducción de Guillermo no sólo produjo taquicardia general, sino espanto en el pobre Héctor, que decía en voz no muy baja: loco, loco, loco. Eso nos produjo alunas carcajadas hasta que paso un ligero desnivel a alta velocidad, causando que remontáramos el vuelo durante algunos segundos, y después diéramos tres estruendosos botes al aterrizar.

Héctor parecía palidecer, y exigió a Guillermo que disminuyera la velocidad. Al observar nuestras risotadas nos llamo los cuatro locos. No se lo que me causo mas risa, la cara de Héctor o la de Guillermo. Al borde de un arrozal dejamos la jeepeta y seguimos a pie por 200 metros hasta la vera del rio. Una vez allí Héctor se logro tranquilizar y centró su crítica sobre nuestra loquera juvenil.

Al llegar la yola discurrimos río abajo, pasando por unos manglares que dejaban muy atrás a los de la Laguna del Gri-Gri. El río desemboca en una inmensa bahía llena de vegetación. Pasando los islotes, nos explico Héctor que se le denomiba los Haitises por la altura del terreno.

Llegamos al embarcadero que es la dirección del parque. Con un guardaparques visitamos las cuevas cercanas, llenas de pasadizos, murciélagos y entradas de mar. De vez en cuando se ven dibujos y tallos hechos en la piedra por los indios, pero brillan bochornosas las pintadas de los gamberros del siglo XX.

Salimos hacia la cueva principal, escondida entre los espesos manglares. Su interior es como una catedral natural. Aunque no tienen iluminación artificial, es casi mejor verlas así. La vuelta es rápida pero apabullante, pues el entorno natural es sobrecogedor. Nos reímos con Rubén, pues al pensar que se le habían caído sus gafas por los arrozales, se embarró.

Para demostrar que nuestra locura es incurable pero al menos controlable, Guillermo condujo muy correctamente has Sabana de la Mar. Aunque claro, Héctor nos amenazo con usar armas de fuego en caso de no hacerlo. Me pareció tan bueno el viaje que di una propina de 50 pesos a Héctor por su destreza y atención. De paso, aprovecho la oportunidad para recalcar la atención y gentileza demostrada por todos los guardaparques en todos los Parques Nacionales Dominicanos.

Al pasar por El Valle, nos pusimos los trajes de baño y toallas a la cabeza al entrar a un colmado. Rubén llevó la cascada jeepeta hasta la Capital. Cenamos a cuerpo de rey en la Casa de España, y aunque nos habíamos comprado una botella de Kalhua nos acostamos temprano.

Del día siguiente tan solo diré que mezclar Kahlúa con Dominicana de Aviación no es nada aconsejable.

Miami Beach, a junio de 1990

Fotos del viaje