Día I. Miércoles, 5 de junio de 1991
Son aproximadamente las seis de la mañana en el capitaleño barrio de El Portal. La planta eléctrica que abastece la casa de Jaime, al igual que otras viviendas aledañas, deja de funcionar. Por efecto directo, el abanico del techo que me ha rescatado de la asfixia durante la noche ya no me proporciona aire fresco. A los pocos minutos, bañado por mi propio sudor, me despierto acalorado. El horno creado por la inamovilidad del aire es angustioso y definitivamente inaguantable.
Hoy salimos a la frontera, a mejorar nuestro viaje del año pasado, en busca de la aventura (aunque más pausada, eso sí). Despierto a Jaime, y tras poner nuestro abultado equipaje en la parte de atrás de la Daihatsu Rocky, salimos en busca de Rubén y de su novia, Mildred. Tras recoger a ambos y el abultado colchón de la azuana, buscamos a Quique. Una vez juntos, aunque apretados en la parte de atrás de la jeepeta, salimos hacia la Zona Colonial a buscar y cambiar dinero. Aquí compramos varios artículos necesarios en la Ferretería Cuesta de la Calle del Conde, y salimos por fin rumbo al Oeste a las 10'10 horas.
Paramos un momento en el Supermercado Princesa a comprar monchis, y al poco rato estamos cruzando el imponente puente sobre el Río Haina a 120 Km./ hora. El sol, que esta mañana se había cobijado entre las nubes, radia ahora con enorme brillo. La carretera Sánchez es buena hasta San Cristóbal, y llegamos a esta ciudad sin ningún percance.
A su salida, sin embargo, un policía nos para. En la mayoría de los países, estas paradas acarrean cierta sospecha o seguridad de haber cometido una infracción. En Santo Domingo es para ver lo que cae. Nada cae, pues todos los papeles están en regla, al igual que mi licencia de conducir. El agente, sin embargo, no se limita a mirarla, si no que también a leerla en inglés (idioma que es obvio que no sabe), cosa que me da ganas de reír.
Rápido por Baní
Al pasar por Baní, cuna de Máximo Gómez, paramos a comprar la repostería de coco, elaborada con excepcional maestría por los banilejos. Tras unos dulces y refrescos, seguimos el camino, que a partir de aquí comienza a desertizarse considerablemente. La vegetación tropical es suistituida drásticamente por la del semidesierto. Los arbolitos de sabana, adornan tímidamente las peladas y resecas lomas cercanas a Las Carreras, donde Pedro Santana dirigió la resistencia del país hace 150 años. Ahora, sólo los cactus recuerdan.
Poco a poco, la carretera discurre entre la aridez y logra bajar hasta la bahía de Azua, sita en medio de este peculiar Gobi dominicano. Buscamos agua potable, cosa que debido al paraje resulta más fácil de lo pensado, y pasamos por casa de Mildred a dejarla. El barrio donde vive es una isla de fertilidad verde enmedio de tantos parajes áridos. Su madre nos brinda con amable generosidad un dulce de batata, y mientras hacemos una minitertulia, instalamos el radiocassette en la jeepeta, con bocina y todo. Al poco, seguimos el camino hacia la meridional Barahona.
(Aquí empezaron los problemas con los tenis de Jaime, pues su propietario desconoce que el izquierdo [todos los problemas vienen siempre de la izquierda] es letrado y que además se ha leído la novela de Alejandro Dumas, fuguista como pocas, «El conde de Montecristo»).
Tras atravesar el Cruce de El Quince, donde la carretera Sánchez enfila hacia el norte buscando a San Juan de la Maguana, seguimos paralelos al litoral sur, hasta Barahona (el cruce de El Quince debe tal nombre a que está a esa distancia de Azua). Al poco llegamos a la ribera del Río Yaque del Sur, el segundo de importancia de la isla. Aquí, en un paraje llamado El Higuito, hay varias casas de paja y barro. Nos bajamos a ver este paisaje de palmeras y dunas, y Quique se explaya con la fotogeneidad de una morada y la de sus humildes habitantes. Siguiendo paralelamente el curso del río, llegamos al Alto de Los Cuatro Vientos, un puerto de montaña en pleno desierto, donde los fuertes vientos azotan a los viajeros que lo atraviesan.
La crisis de gasolina
Al rato llegamos a la desembocadura del Yaque del Sur, donde existen bastante cañaverales y bateyes que forman parte del Ingenio Central Barahona. El paisaje se ha vuelto fértil, y entre música y canto llegamos al cruce de la carretera que sube a Cabral y después al Polo Magnético. Este sitio es por lo menos interesante, pero debido a los rigores del viaje y fotográficos, Quique, que es el único que no lo ha visto, decide seguir. Quiere fotografiar la imponente y legendaria puesta de sol en Cabo Rojo. Repostamos en una Texaco en las afueras de Barahona, y de paso llenamos los bidones de cinco galones de gasolina. La razón de los bidones es muy sencilla, tememos que no haya combustible en la zona de la frontera.
La escasez es culpa, según cómo se mire, de una de las siguientes personas:
1. Sadam Hussein
2. Joaquín Balaguer
La guerra del Golfo desbarató la distribución de gasolina en todo el país, y no se ha reestablecido. Jaime hizo la gestión ante el "Listín Diario" y el periódico capitaleño contestó que la gasolina era muy difícil de conseguir en la frontera, sobre todo los fines de semana.
(El tenis izquierdo comenzó a malmeter al derecho [las derechas siempre creen lo peor], cuya ingenuidad es aplastante. Así empezó a exigir un desodorante y medias).
Pregunto si hay hambre, y Quique dice que él come dos veces al día, y que se salta la comida del mediodía. Lo consideramos sensato (la verdad es que no teníamos mucha hambre, y curiosamente fue el único día del viaje donde cumplimos ese plan). Atravesamos la no muy extensa ciudad de Barahona y visitamos su playita. A partir de allí comienza la Carretera Cajuil o del Sur, en dirección a Pedernales. Esta carretera se acaba de rehabilitar gracias a ese ciego desgraciad.... diigoooo al Excelentísimo Doctor Joaquín Balaguer Ricardo. Así, la carretera negocia sus 35 leguas entre el picado mar y las irregulares faldas de la Sierra del Bahoruco, con una lujosa anchura de ocho metros.Pasamos por las aldeas de El Quemaíto, Baoruco y La Ciénega. Al borde del mar y con playas de piedrecilla, estas poblaciones son vírgenes y bonitas dentro de su rusticidad. En la primera me releva Rubén, pues llevaba manejando desde la capital. Un poco antes de Paraíso, paramos en el balneario de San Rafael.Parece a primera vista un río y poco más, pero remontando medio kilómetro el camino que hay a su derecha se sube hasta unas preciosas
cascadas. Sorprendidos muy gratamente, nos bañamos bajo los fuertes chorros de agua que baja helada desde la sierra. Un punto de frescor y relajación en el camino.
Al rato, estamos de vuelta en la jeepeta. Las vistas que se ofrecen desde lo alto de la carretera hacia el mar, me recuerdan a la isla de Mallorca y también a las fotos que he visto del "Pacific Coast Highway" californiano.
Todo es precioso, y sumamente desconocido, pues aquí el turismo escasea más que la nieve. Paramos a sacar fotos del lugar tanto Quique como yo. Pasamos por la ciudad de Paraíso, que parece haber encogido desde el año pasado. La crisis del golfo ha azotado a este país de una forma rara pero precisa. Llegamos al poco a Enriquillo, y nos detenemos en un colmado a comprar romo. La cacatúa del dueño del comercio acaba por recibir la atención de Rubén, que la imita de maravilla.
(Al no mirar Jaime, el tenis derecho, fustigado y con el seso absorbido por su radical pareja, se lanza hacia la libertad).
Laguna de Oviedo
La bomba de Enriquillo está cerrada a cal y canto, y algo preocupados seguimos por la llanura entre Enriquillo y Oviedo (las ásperas laderas del Bahoruco se suavizan bastante por esta zona). Un poco antes del núcleo urbano que toma su nombre de la capital asturiana, nos desviamos hacia el suroeste por un camino, buscando la Laguna de
Oviedo. Al poco encontramos una ciénaga y el fin de tal camino. Al menos que haya habido una muy pertinaz sequía, esta no era la laguna. Aún así, hay unos puercos que indiferentes de nuestra higiénica presencia, se embadurnan en el lodo, matando el tiempo. Como el lugar es curioso, sacamos algunas fotos. Es obvio que en nuestras ciudades de residencia no vemos mucho de esto.
(Suponiendo que el derecho ya habría conseguido bola hacia la capital, el tenis izquierdo [conocido a partir de la fecha en los archivos policiales de Jaime como «el incitador»] se lanza a la independencia y libertad)
Poco después llegamos a la verdadera Laguna de Oviedo. Rodeada en gran parte por manglares, esta ovalada laguna de aguas turbias sufre bastante en comparación con Lago Enriquillo. Falta lo impresionante del paisaje, falta la soberbia de las sierras, falta ese toque de miles de cataclismos necesarios para que se forjara violentamente su creación. Huelga decir que no nos quedamos muy impresionados. Pasamos las cuatro casas que conforman el pueblo de Oviedo y seguimos por la Carretera Cajuil en su aguda curva hacia el Noroeste. A partir de este punto, y casi hasta Cabo Rojo entramos en el Parque Nacional de Jaragua.
En llanísimas mesetas y planos campos, este parque posee un árbol de sabana que le da a la mayoría de su terreno un aire raro, como si Dios no hubiera querido dejar el terreno sin nada, pero aún así sin que fuera excesivo para el clima. Por lo demás, el resto del parque es un desierto. Seco y muy soleado, este, al igual que los demás parques nacionales dominicanos, sufre de una escasez de vigilancia y de orientación al visitante espantosa. Cierto es que poca gente viaja por aquí, pero si prepararan la infraestructura y la promoción, los visitantes vendrán.
Unas dos horas antes de la puesta de sol llegamos por fin al cruce de Cabo Rojo. Mientras la carretera sigue hacia Pedernales, este cruce sin señalización alguna marca el comienzo de la carretera hasta Cabo Rojo. Aquí, tres guardias hacen precisamente eso, aburridos y con bastantes ganas de hablar. Posan para fotos y sonríen mucho, y en general se portan bastante hospitalariamente. Nos dejan pasar, y al poco llegamos al puesto de la Policía Nacional. Nos permiten el paso tras la perfuntoria pregunta sobre nuestro destino, y a los cien metros llegamos a una puerta con un vistoso guarda vestido de azul.
Cabo Rojo: propiedad privada
Un gran cartel proclama que esto es propiedad de La Ideal, S.A., y que todo acceso depende del permiso de la empresa. A la izquierda vemos una carretera paralela que entra directamente a Cabo Rojo. Desde la falda occidental del Bahoruco, los camiones bajan repletos de bauxita, abundante en esta zona. Esto fue propiedad de la ALCOA (Aluminum Corporation of America), y es de suponer que La Ideal era únicamente un humilde subsidiario de la multinacional estadounidense.
El guarda nos explica muy cortésmente que hay que pedir permiso a La Ideal en la capital,y si no, no se puede pasar. Al guarda no hay quien lo saque de sus trece, y ya nos vemos frustrados. Pero sigue hablando y comenta que es posible transitar para ir a Playa Las Águilas. Esta playa es otro de nuestros objetivos, pues tiene fama de ser una de las mejores del país. Saltamos a la oportunidad, y le comunicamos con su misma sonrisa que allí es precisamente donde vamos (ah, los latinos, qué bien improvisamos). Nos dirige hacia el otro puesto, cosa nada difícil de encontrar, y nos recuerda que el balneario es privado y que no podemos parar.
Pasamos por el «balneario privado», que es una preciosa playa, y dejamos a nuestra izquierda una pista de aterrizaje. No se han gastado un chele en señales, por lo cual vamos tranquilamente viendo todo. Al fondo se ve Cabo Rojo, en donde hay unas pocas casas postradas en la colina que forma el cabo. Pasamos el segundo puesto, y una carretera de piedras nos da la bienvenida. Solo falta un cartel que diga «"Los que vayan a ver Playa Las Águilas, que se jodan». Entre arbustos resecos y piedras volvemos al kilómetro a vadear el mar. En un chamizo de pescadores, un cartel proclama: "Aquí no vendemos pescado.
Nuestra sucursal está en Baní". Todavía no comprendo cómo pueden vender el pescado de aquí solamente en Baní, a casi 150 kilómetros, y mucho menos que lo digan.
Llegamos a una bajada donde una enorme roca da cobijo a unas viviendas de pescadores. La playa, llena de caracolas, abunda en niños, y ofrece un paisaje precioso. El lugar se llama Las Cuevas. Nos explican que Las Águilas está a unos cuatro kilómetros de aquí, y seguimos tras sacar preciosas fotografías
Subimos a una mesetilla repleta de cactus y arbustos, y al rato nos encontramos con la bajada. ¿Cómo describir la maravillosa panorámica que estamos presenciando?
No creo que ninguna palabra en ningún diccionario la pueda hacer justicia. Quizá sublime se aproximaría, aunque definitivamente no lo suficiente. Con el poco sol, vemos los cinco kilómetros de arena fina diluirse hasta Cabo Agujas, donde la vista ya no alcanza. Y todo esto a unos ochenta metros de altura, desde nuestro observatorio. La playa con su brillante blanca arena no tiene ni cinco metros de ancho. A partir de ahí, los áridos arbustos invaden todo, haciendo una ligera pausa en un corte de una mesetilla.
Entre cactus y penumbra
Fascinados, bajamos por el camino hasta la playa. Entre cactus, el camino sigue a unos cien metros paralelo al mar. De repente, sin embargo, y sin aparente razón, el camino llega a su brusco fin ¿Qué hacer? No tiene lógica alguna, pero el hecho de que aquí termina es innegable. A fuerza de volante, Rubén guía la jeepeta hasta el mar a base de aplastar cactus. Nos bajamos cerca de la arena, y nos zambullimos acto seguido en el mar. La paz inspirada por este lugar es total, pues no hay un solo símbolo de «civilización» que interfiera con esta preciosa vista. Al final las nubes interfieren con la puesta de sol. La importancia de este ocaso es sencilla: es el único pedazo de costa en todo el país donde se puede ver el anochecer directamente desde el mar. Ninguna otra playa dominicana mira hacia el oeste.
El baño es bueno, pues nos ha hecho un sol infernal durante casi todo el camino. Hasta mi blanquecino cuero cabelludo está tostado por el sol. Pese al mar, hay que tener en cuenta que estamos en un desierto, donde el sol no es precisamente conocido por su benevolencia. Al ponernos los zapatos al salir (aquí Jaime se percata de la fuga), los vemos plagados de cadillos. Hay poco que hacer, pues apenas hay luz como para quitarlos de uno en uno, por lo cual todos nos resignamos a nuestra suerte. Todos, excepto Jaime, quien parece indicar que los cadillos con sus protestas le han declarado la guerra y consecuentemente le han invadido. ¡Ay, Dios mío!
Pegajosos de salitre y llenos de cadillos, vamos de vuelta a Cabo Rojo. Al salir, nos equivocamos (cosa fácil, pues como ya dije no hay ni una sola señal) y cogemos la carretera de camiones que sube a las minas, aunque rectificamos enseguida. El guarda, sin embargo, nos hace el siguiente comentario: "Si ustedes hubieran sido arrollados por algún camión en esa carretera, no hubieran tenido derecho a reclamar, pues no tenían autorización para usarla". O sea, que si hubiéramos obtenido en la capital el permiso por escrito de La Ideal y nos hubiera arrollado un camión, nuestra única preocupación sería cómo volver a pegar los miles de pedacitos de nuestros propios cuerpos. Qué bien.
Al llegar de nuevo al cruce de la Carretera Cajuil, el guardia nos saluda otra vez, y nos pide ron y tabaco. Emprende una conversación con nosotros, y Jaime saca su libretilla de apuntes y empieza a disparar preguntas. El guardia se apoda (no contradictoriamente) Caradura. Si el mismo diablo pasara por aquí, Caradura haría migas con él, pues la verdad es que por aquí transita muy poca gente.
Bienvenidos a Pedernales
Al cuarto de hora estamos en Pedernales, capital de la ilustre provincia del mismo nombre y villa a 1500 metros de la frontera con la República de Haití. Desde el año pasado el asfaltado ha mejorado, y ahora un alardoso cartel en la entrada proclama: «Bienvenidos a Pedernales». Pedernales es una ciudad de calles rectilíneas y relativamente moderna; es también un núcleo de contención frente a Haití.
Llegamos a la Pensión Familiar, justo en la entrada, y cotejamos cuatro habitaciones en el nivel superior del edificio, por 100 pesos. Con una capa de sal vamos a cenar de nuevo al restaurante Mi Bohío, que ha cambiado de nombre y ahora es principalmente una discoteca que se llama Ópalo. Me imagino que será el orgullo de la comarca entera, que no parece muy dada a lugares de ocio.
Hay un pequeño comedor, que es en realidad el único sitio en bastantes kilómetros que prepara comidas formalmente. Aprovechando el hecho, los precios siguen igual de caros que la otra vez. El chistoso camarero, prepara las comidas: dos platos de lambí y dos de pescado. El lambí está fuera de este mundo, y oyendo a la Pantoja, me lo como junto con una botella de Cerveza Presidente. A partir de este momento íbamos a empezar a consumir alcohol de una forma excesiva.
Por el clavo que nos meten al traernos la cuenta, nos percatamos de que el sitio podría trasplantarse directamente al Malecón de la Capital (aunque sin Isabel Pantoja, claro [!]).
El cansancio es superior a cualquier plan social, y nada más cenar nos vamos a dormir. El día ha rendido bastante.