Día V. Domingo, 9 de junio de 1991
Nos despertamos a las ocho y algo, y tras ducharnos por primera vez en cuatro días, nos preparamos en recepción para salir. Rubén le pregunta a Jaime qué hacía su cuadro en las puertas de las habitaciones (muchos cuartos tenían en su puerta un cuadro de un colorido payaso). Jaime por fin estalla, y amenaza con agredir a Rubén. En realidad mucho había aguantado Jaime, y prometimos no relajar más con él durante por lo menos una hora. En el camino al mercado casi me doy de golpes con un pedigüeño, y por fin llegamos al mercado, que al igual que los del resto del país, son un ejercicio en anarquía.
Acorralados
En un colmado de la acera de enfrente hacemos algunos pedidos al carajito de la doña, y Rubén y yo salimos a comprar aguacates. Compramos una serie de viandas y un par de velas, regalo de Rubén a Jaime, y muestra de buena fe. Vamos hasta el Corral de Los Indios, que es un círculo de ocho o diez piedras rodeando una piedra de estilo fálico.
La verdad es que no nos parece la gran vaina, y para colmo los locales tienen a un rebaño de vacas pastando en su alrededor. Un tipo nos explica que han habido varios intentos de robar la piedra central, generalmente acabados en desastre punitivo para los perpetradores. Lo que sea verdad o mentira es más difícil de discernir. Ya saliendo nos damos cuenta de que un enorme círculo rodea el recinto. Es un círculo seguramente de ritos religiosos y ceremoniales. Con un poco de atención, promoción y vigilancia se podría convertir en el Stonehenge del Caribe. En cambio, es un prado lleno de vacas. Y luego en vez de arreglar el lugar pensaran en irse en yola a Puerto Rico. Pese a todo ello, el sitio es imponente por su geometría y tamaño.
En una Esso del camino repostamos, lo cual es una suerte, pues hasta ese mismo día estaba prohibida la venta de gasolina los domingos. Esto significa que usaremos los diez galones extra de gasolina hoy de una vez, eliminando los olores y la incomodidad. Salimos camino al oeste hasta llegar a Las Matas de Farfán. Allí compramos coco y refrescos para la Carretera Internacional.
Desierto internacional
En Matayaya, cogemos la carretera hasta Pedro Santana que es un trayecto de piedras y tierra. Entre cactus y polvo, charlamos sobrepelículas y actores, ajenos al inexistente asfaltado de la vía. Tras un minicontrol en Sabana Cruz y otro en Pedro Santana, entramos al último pueblo. El parque que tiene Pedro Santana es amplio y soleado, y consecuentemente hace un calor «der» diablo. La iglesia es sin embargo una buena foto por su decrepitez. Bajamos hasta el Río Artibonito, y en vez de franquear el puente que lo cruza, nos paramos a bañar. El Artibonito es el río más largo de la isla, naciendo en los picos occidentales de la Cordillera Central. En el punto donde nos metemos, el río está por atravesar su primera población, ya que en los noventa kilómetros anteriores no pasa por ningún lugar habitado. Pese a todos esos factores y la altura (260 metros), el agua bajabastante tibia, sin la mitad de la gelidez de los ríos anteriores (San Rafael, Pedernales, Las Damas, etc... ). Eso sí, tiene tremenda corriente. El fondo es poco profundo y de barro, lo cual permite un chapuzón agradable. El paisaje es sin duda bucólico y tranquilo, dando mucha paz al ambiente. Un par de carajitos se bañan y cogen chinolas del lado opuesto, y nos miran curiosos. Al lado de la orilla hay dos rocas grandes, en las cuales nos apoyamos y jugamos un poco a la «pelota» con una china. Ya refrescados, volvemos a Pedro Santana a comer algo. El único sitio disponible es un comedor escondido, donde acabamos comiendo la comida de otros, ya que dijimos que íbamos a la Carretera Internacional. Curiosamente, ya saben que nos habíamos bañado en el río. En un pueblo de este tipo, las novedades se conocen rápidamente. Con el fuerte sol cruzamos el puente del Artibonito, entrando en zona internacional. La frontera entre Haití y la República Dominicana ha tenido numerosos tratados intentando fijar sus 312 kilómetros. El último, en el año 1929, fijó finalmente tan disputados límites. Al llegar Trujillo al poder, decidió repoblar la zona limítrofe, y construir una carretera entre ambos países. La carretera tiene a Haití por un lado y al territorio dominicano al oeste del Artibonito por el otro. Es en realidad tierra de nadie, y consecuentemente ese nadie es el que la cuida. En el lado dominicano hay unos cuantos destacamentos militares, que están allí para lucir su curiosa arquitectura. Mientras, la carretera sube por el borde de la montaña en el que se fijó la frontera, dejando el Artibonito abajo.Desolación y ron
El paraje está bastante abandonado, pues su única función es el escaso transporte militar dominicano y el de los pocos haitianos (que aun así eran muchísimos más que los dominicanos) que transitan. Trujillo la inspeccionó personalmente en 1937. Parece ser que no salió muy contento de tal visita, ya que al llegar a Dajabón, en agosto de ese año, ordenó la brutal matanza de casi 18.000 haitianos. El último tramo se acabó de construir en 1961, por Antonio de la Maza, en el recorrido Restauración-Villa Anacaona.
Al rato estamos viendo por un precipicio el Río Artibonito, una panorámica preciosa. La carretera es bastante difícil debido a su mal asfaltado, estrechez y los numerosos precipicios, lo cual hace que cualquier velocidad por encima de 25 km/h sea sumamente peligrosa. En una parada encontramos el cráneo de una vaca, y nos lo quedamos para añadirlo a la colección. Le estamos dando traste ya al segundo pote de Barceló Imperial, pues hace bastante calor.
Nos reímos y gozamos bastante, auxiliados sin duda por el romo. El paisaje es raro y sobrecogedor a la vez por su enormidad. Tranquilamente nos vamos comiendo los 50 kilómetros de carretera a una velocidad media de 14 km/h. Al pasar por el destacamento de El Sombrero, un guardia nos sale al paso. Nos cuenta que hay bastante tráfico por esta carretera de turistas llamados por la aventura.
Le brindamos un trago de ron y un delicioso dulce de batata azuano, y el guardia vuelve al destacamento, que está unos 150 metros de la carretera bajando por una senda. Dejando la cuenca del río al lado derecho, la carretera sube por unos montes donde se ven los llanos deforestados de la República de Haití. En este momento empieza a caer una lluvia torrencial que nubla la vista y hace que la tierra desprenda un fuerte y rico olor a vegetación, a verde, a tierra.
Bebiendo bajo la lluvia
Inmediatamente se producen charcos y miniarroyos dentro de la misma carretera. El motor de la jeepeta se para súbitamente, ya que el agua de los charcos salpicó el distribuidor. Si no podemos arrancar la jeepeta vamos a pasar un día muy entretenido por estos predios. Aun así, no nos preocupamos en lo más mínimo y seguimos charlando animadamente. Al rato el motor arranca sin problemas y seguimos con la espesa lluvia. Nos encontramos con una haitiana que nos pide algo. Nosotros nos quedamos pensado en qué le podemos dar, pero Jaime le hace una propuesta bastante franca en su mejor francés (que no es tan bueno). La mujer se desaira y seguimos nuestro camino.
Aunque Quique ha dejado de beber hace ya rato, Rubén, Jaime y yo estamos a mitad del tercer pote de Barceló Imperial. Estoy algo alegre, pero nada fuera de control, pese a que Jaime ya está prendido (el estar en peso tiene sus desventajas). Casi llegando al fin de la Carretera nos encontramos con un río repleto de rocas, que causan un efecto de escalonamiento del agua. Nos bajamos a darnos un chapuzón, y ya internándonos en Haití, oímos que Jaime nos llama. Un grupo de haitianos se está formando en torno a la jeepeta. Salimos a charlar con ellos, intentando yo conversar en mi torpe francés. Pregunto como se llamaba el río, y un haitiano me contesta en español: «Bajuco». No parecen mala gente, y tras unos minutos de charla, volvemos a la jeepeta. Un par de jinetes pasan, uno de ellos portando, muy curiosamente, una secadora de cabello. Con el segundo, sin embargo, Jaime se poner a practicar su francés otra vez, haciéndole una petición de plantas medicinales. Casi a la fuerza logramos meter a Monsieur James en la jeepeta.Pasado un pinar hay un puesto de vigilancia haitiano, donde un tipo con machete sale a recibirnos. Jaime empieza a preguntarle, y me frikeé, pues aunque era improbable que nos hiciera algo, podría dar parte a los guardias dominicanos. Aparecen de repente unos cuatro canadienses en camioneta en vía contraria. Fue el único vehículo que nos encontramos en las cuatro horas de camino. Nos preguntan que si tardarán mucho para llegar al otro pueblo y que si había algún lugar para quedarse en el camino. Los pobrecitos no saben en lo que se estaban metiendo. Les damos la mejor orientación posible y siguen rumbo a la aventura de verdad, pues falta hora y media para anochecer.
Un minuto de conciencia
Después de doblar una curva de bajada al Río Libón, paramos para comer unos munchies. Estoy algo tomado, justo en un punto consciente de que si tomo un par de tragos más estaré irremisiblemente borracho. Pienso en dónde estamos, en lo que hemos hecho hoy y llego a la lógica conclusión de que hay que estar algo alterado para desear hacer este viaje. Que no nos haya pasado absolutamente nada en los últimos días es una señal divina, pues hemos tentado a la suerte en muchísimas ocasiones.Pasando el puente del Río Libónentramos otra vez en la República Dominicana, llegando al pueblecito fronterizo de Villa Anacaona a las seis de la tarde. Nos paramos a ver su tétrica iglesia de madera y salimos hacia Restauración, pasando por uno de los pinares más bonitos que he visto en mi vida. Esta es la parte más baja de la Cordillera Central en casi toda la isla. A pesar de que el chapuzón en el Río Bajuco me ha despertado algo, todavía estoy bastante alegre.
Rubén y Jaime están algo alegres también, pero al ser la superficie de la carretera bastante firme, la incomodidad de ir detrás ha desaparecido. Conminamos a Quique a ir un poco más rápido, Quique se pica, y consecuentemente acelera un chin. Cuando coge una curva un poco cerrada, se aparecen en su mitad una mujer y una niña.
No por mucho revolcar se llega más temprano
Todo ocurre tan velozmente que mis ojos apenas pudieron percatarlo. Al abrirse y luego tratar de incorporarnos a la carretera, la jeepeta fue a una zanja y al salir de ella volcó de lado. La sorpresa y la rabia del momento fueron superadas súbitamente por el dolor. Tenía el brazo fuera y se me quedó pillado por la puerta al volcar. Lo puedo sacar, y el furor causado por el dolor me hace gritar sobre la velocidad. «¡Por qué hay que ir tan rápido!¿Por qué?»
Me sacan a pulso de la jeepeta, no sin antes quitarme el cinturón de seguridad, que sin duda me había salvado la vida, o por lo menos la cara. Milagrosamente, sólo me había pasado algo a mí, y pese al dolor, no era mucho, pues puedo accionar los dedos.
Rubén me da un calmante y sale a buscar ayuda para poner la jeepeta en su lugar. A Quique le entra un frekeo de autoexaminación, y yo entro en un semitrance en el cual analizo como mejor puedo la situación. Cierto que la jepeeta estaba estropeada y bastante dañada, y no va a ser nada barato repararla [nota del autor/editor: no había pagado un seguro a todo riesgo en el alquiler]. Pero estábamos vivos e ilesos, excluyendo mi brazo y muñeca. No iba a perderlo, y ni siquiera sería permanente. Hemos tenido una suerte increíble, pues Dios nos ha permitido vivir. Lo demás es secundario y por el momento, inconsecuente. Hay que estar eternamente agradecidos. En mi vida he dado muchos abrazos, unos de compadreo, otros de cariño, otros de pasión. El que nos dimos Enrique Sallent y yo el domingo, nueve de junio de mil novecientos noventa y uno, a las seis y cuarenta de la tarde, cerca de la aldea de La Pocilga, a 1800 metros de Restauración, provincia de Dajabón, República Dominicana, es superior a todos los abrazos anteriores, pues celebra la vida.El relajante muscular había surtido efecto, pero de repente una punzada de dolor me hace casi hiperventilar. Quique me tranquiliza intentando hipnotizarme con su medallín de identificación. Mi madre es profesora veterana de numerosos cursos de autorrelajación e hipnosis, por lo cual muy pocos intentos expresos de hipnosis logran su propósito en mi. Gracias a ello, sin embargo, me logro tranquilizar un poco. Por fin viene Rubén con unos diez campesinos, y logran poner «de pie» a la jeepeta, y aunque una goma se ha ponchado, lo demás parece funcionar aceptablemente. El daño a la carrocería es grande pero en una zona limitada. El motor arranca bien, y tras cambiar la goma vamos al hospital de Restauración, ya en la penumbra del día.
Restaurando la cordura en Restauración
En el hospital se acababa de ir la luz, y un médico algo circunspecto y adusto me recibe. Tras examinar el golpe y las minúsculas heridas, diagnostica que seguramente no hay fractura, pero que tiene que ser mirado en un hospital que con máquina de rayos-x. La herida en el pulgar tiene la piel levantada, y recomienda un punto. Tras explicarme que la anestesia sería más dolorosa que poner el punto a la brava, pongo en la camilla mi mano y aparto la vista. A todas estas, estamos con la última luz del día como única fuente de iluminación, como si alguien recalcara el lado malo de la aventura. Tras meter el punto, el doctor exclama con todo el tono técnico del mundo: «¡Oh! La herida es más extensa de lo que pensaba, pero no tan profunda. Es mejor cortar la piel». Levantando la piel con en propio punto, corta sin titubeos.
Me receta en papel de estraza unas pastillas y una inyección antitetánica. Una vez fuera del hospital, Quique busca las pastillas. En su ausencia, Jaime y Rubén me empiezan a hablar mal de Quique. No me doy mucha cuenta de lo que dicen, algo así como que el año anterior lo habíamos pasado mejor los tres juntos, y que por qué él tuvo que venir para, al parecer, joderlo todo.
Verdaderamente no estoy con los ánimos para contestar que cualquiera comete un error, ni con la claridad mental y verbal de decir que, a su modo, Quique ya me ha pedido perdón. Y aunque tienen cara de querer dejarlo aquí como castigo, en el fondo sé que es el furor del momento. Aparto la vista, musito un par de cosas, y nos callamos. No hay mucho que decir al respecto, y la falta de dignidad de la situación nos petrifica. Salimos ya con Quique, y a una cuadra, unos guardias nos paran delante del destacamento.
Proceden a registrar el equipaje de una forma mucho más intensa que cualquier otro registro hasta entonces. Tras quedar aparentemente satisfechos y poner el equipaje de vuelta, sale un teniente de la G-2 y ordena otro registro más exhaustivo. Una vez más se busca y rebusca sin hallar nada, pues no hay nada que encontrar. Cuando ya tenemos todo el equipaje en su sitio, el teniente pregunta a Rubén que de dónde venimos.
De Pedernales, Jimaní...
¿Y que hacían ustedes en Jimaní?
Pasear.
El teniente mira fijamente a Rubén, y junto con un movimiento de cabeza dice:¡No! Rubén casi le discute el comentario, y yo ya me veo ya preso, escribiendo cartas a la embajada española. Jaime, sin embargo, le contiene, y aunque registra la toda jeepeta entera de nuevo, nos deja por fin ir. A media cuadra nos para un guardia para decirnos que el teniente pide que le demos algo. Nos negamos, aludiendo al desorden, y de paso obtenemos el nombre del muy profesional comandante: Teniente Juan Bautista Cabrera. Ya bajamos en plena noche hacia Lomas de Cabrera, mientras yo pienso en la venganza, cosa algo peligrosa, pues el desquite es siempre bilateral.
Tras muchísimas curvas y un par de chistes llegamos al cruce de Santiago de la Cruz, donde doblamos para ir a Santiago de los Treinta Caballeros. La travesía es arriesgada, pues tenemos la goma de repuesto ponchada y en cualquier lado podemos quedarnos tirados. Con mucha suerte, sin embargo, llegamos a Sabaneta o Santiago Rodríguez, capital de la provincia del mismo nombre.
La aventura pasa fractura
Aquí nos dicen que hay una clínica privada con todos los hierros, y aliviados jalamos hacia allá. Dentro de la clínica nos piden que vayamos a buscar a la radióloga, cosa que Rubén y Quique salen a hacer. Con todo el personal por fin en su lugar, tiran la placa. Al examinarla, el médico de cabecera me dice que aunque no hay fractura, tengo un esguince en la mano y una lesión severa en la muñeca. Le digo que tengo un fuerte dolor en el pulgar, y me contesta tras mirar de nuevo la placa:
Oh, si usted tiene una fractura.
Tras inyectarme un sedante, me dice que volviera mañana para enyesarme. Vamos primero al hotel del gobierno, y allí tras algunos minutos aparece el guardia (!) que atiende, a decirnos que las habitaciones cuestan 97 pesos. Cruzamos la calle para ir al Hotel Don Chicho. El precio es de 103 pesos por una doble, pero ya cansados de dar tantas vueltas, optamos por pasar aquí la noche. Cruzamos la calle de nuevo para ir a una fritura, y a mitad de los espaguetis el somnífero toma efecto. De lo único que me acuerdo fue de abrir la puerta de la habitación pese a las tentativas de ayuda de Quique, Jaime y Rubén.
[Luego me enteré que hubo una disputa por mis pastillas, para
ver qué tipo de potente somnífero/calmante me había
puesto en mi estado letárgico. Me imagino que conduciría
a una decepción, pues después de tanto viaje y de un día
tan accidentado, estaba listo para dormir, con o sin pastillas].