Circunstancias de mi vida

Esta es una reconstrucción de hechos que he vivido. Salvo la opinión de imprudentes, ingenuos o malpensados, la imparcialidad es una quimera; te lo dicen muchos años de experiencia periodística. Los nombres han sido cambiados para proteger a los inocentes.

Casa de la calle Toribio Pollán. Madrid. Mediados de los 70

Es el verano. Estamos en la terraza de este primer piso mi hermana Marta y yo, comentando sobre el hecho de que ya de muy poca edad sé que soy adoptado. Con esa crueldad que sólo pueden tener los niños, mi hermana dice «tu madre te dio a luz, y al verte, se murió». Me habían dicho que mi madre natural había muerto cuando al yo nacer. Me echo a llorar, pero se me pasa rápido.

Los vecinos persuadieron al Ayuntamiento de Madrid a que cambiara el nombre de la calle. En 1980 fue rebautizada Veracruz.

La Venta de L’Home, Buñol, carretera Madrid-Valencia. Mediados de los 70

«Tu eres de origen canadiense», me dice mi padre mientras consumimos (yo, a mala gana) una tortilla de patata con espinacas. Me fascina que sepa estas cosas sobre mi origen, pero no sé muy bien por qué las dice de repente, ni tampoco me inclino a preguntar. La tortilla nos sentó tan mal que llegamos a creer que estaba intoxicada. Me parece que íbamos al pueblo de Benicasim, no me acuerdo muy bien.

Playa de Key Biscayne, Miami. Abril de 1980

Nos hemos mudado de sorpresa a Miami, sin decirle una palabra a mi padre. Ha venido a visitarnos, y nos encontramos los dos solos en la playa, tumbados en la arena. Empieza a decirme que yo soy más madrileño que valenciano o alicantino. Mi padre es de Madrid, y mi madre es de Valencia.

Ato cabos: mi padre es mi padre natural. Hasta ese entonces creía que era un niño adoptado de forma convencional.

Esa noche lloro, y mi madre me viene a preguntar qué pasa. Le repito la conversación que he tenido en la playa. «¿No está claro? ¿No está claro?» Creo que mi madre lo entiende, pero el tiempo demostraría lo contrario. Al concluir la visita, mi madre me comenta: «Papá dice que le evitas».

Madrid. Verano de 1983

Es una amiga de mi padre. Divorciada o separada, no sé, no me acuerdo. Pero me pregunto, ¿será esta señora mi madre? No comparto mi inquietud.

Coral Gables, Florida. Mayo de 1984

Mi padre ha venido a visitarnos debido al embarazo de mi hermana. Se quiere adaptar a mi rutina, y me acompaña a ver un partido de béisbol universitario, a los que voy muy a menudo porque están cerca. No me doy cuenta de lo aburrido de mi adolescencia.

Al volver, mi padre me pregunta: «¿No te interesa saber sobre tus raíces?» No sé muy bien por qué me palpita el corazón, me huelo algo horrible, o sencillamente no me hago a la idea de que se revele completamente su paternidad. Le contesto que no.

Tras volvérmelo a preguntar en otra ocasión y responder que no, hablo con mi madre.

«¡Dile que no! Ni se te ocurra», recomienda mi madre, delante de Marta. Extrañamente, comparto su opinión.

Un par de noches más tarde vamos a un cercano cine a ver Firestarter, con Drew Barrymore. Marta y mi padre se apartan de mí, mientras caminan por la Avenida LeJeune («se debe pronunciar Lesheen, no leyún», dice mi padre).

Marta tiene un vestido azul largo, no se adivina su embarazo.

La conversación parece animada, mi padre sonríe mientras le cuenta varias cosas a Marta. La cara de sorpresa de mi hermana va acrecentando. Yo decido apartarme un poco más.

Ya sentados en el cine, Marta dice «no puede ser». Mi padre asiente. Yo sigo sin querer saber más.

Un par de días más tarde vamos mi madre, Marta y yo a la Clínica Pasteur.

Con cara de velorio, mi madre dice: «Te tenemos que contar algo».

—Papá es tu padre- dice Marta.
—Ya lo sé.
—No, que papá es verdaderamente tu padre.
—Ya lo sé.

Me cuentan más cosas. Que mi madre natural se llama Josephine M., que es una traductora francocanadiense. Que me dio en adopción nada más nacer yo. Hay más detalles, pero todo resulta un poco confuso. No quiero saber mucho, mi curiosidad es perfunctoria.

Terraza de Moralzarzal (Madrid). Julio de 1986

Llevo apenas un mes viviendo en España otra vez. Todo es nuevo o diferente. Estoy viviendo con mi padre. No sé si lo he hecho por las promesas implícitas de hacerme profesionalmente, por la teoría de mi padre de que yo debo estar con él, o si fue porque me ha dado a entender que yo tendría que estar con él porque esa era la voluntad de mi madre invisible natural.

La tertulia nocturna se extiende, y sólo quedamos mi padre, mi primo Roberto y yo.

Me empieza a contar mi padre:

«Josephine era muy independiente, y muy culta...cuando estabas escribiendo a máquina, con la música clásica tocando, me recordaste mucho a ella...le encantaba la música clásica».

Continúa después:

«Josephine vio que a mí lo que me hacía falta para realizarme como hombre, era tener un hijo. Era lo que me faltaba...por eso, cuando vivíais en Miami, con Elvira, me daba pánico. Como Josephine M. se entere que de mi hijo no vive conmigo, menuda se va a armar. Como es ella...jooooodeeeeeer».

Hablamos de cómo la hermana de su amigo Nano me salvó la vida. Ella era enfermera y como nací con mi cordón umbilical al cuello, me salvó con oxígeno. «La deberías conocer», me dice mi padre.

Miami, septiembre de 1993

Mi jefe, Justo, me lo ha insistido un par de veces. «Tienes que llamar a Canadá y preguntar por Josephine». Tengo el nombre de mis abuelos naturales, y el pueblo de nacimiento de Josephine. Consigo el número, y en un arranque, mientras Justo se va a comer, llamo.

Me contesta un señor mayor, al parecer mi abuelo natural, Wilfred. Tiene un inglés perfecto.

Le digo que soy español, y que mi padre hizo negocios con Josephine cuando ella vivía en España. Ahora queríamos ponernos en contacto con ella.

No tiene sospecha alguna.

«Josephine no vive aquí, vive en X (ciudad del norte de Estados Unidos). Pero precisamente vendrá en tres semanas a visitarme. Estará aquí a partir de tal fecha».

Se lo comento a Justo. Para evitar problemas innecesarios con mi madre, Justo me da la llave de la oficina, para que venga a llamar el domingo. Prefiero no herir el ego de mi madre. Si no puedo ponerme en contacto con Josephine, prefiero que ni lo sepa.

Me siento nervioso en la silla. Marco el número.

—Aló
—Yes, is this Josephine M.?
—Yes
—Josephine, ¿naciste tal fecha?
—Sí
—¿Estás sentada?
—Sí.
—Josephine, me llamo Emilio Guerra Bernabéu, mi padre se llama tal... Y creo que soy tu hijo.
—Sí, lo eres. Si no te importa, vamos a hablar en castellano...

Charlamos animadamente, Josephine está sorprendida. «Iba a ir a España para ir a conocerte». «¿Cómo está tu padre?» «¿Cómo está Fernando?» Fernando era el brazo derecho de mi padre.

Le explico cómo van las cosas, y empiezo a hacer planes para encontrarnos.

Finales de 1993, principios de 1994

Escribo un par de cartas a Josephine, en inglés. Hablamos por teléfono. De su parte no se desprenden muchas ganas de que nos encontremos, y aunque consideramos un par de ciudad «neutrales», le digo que prefiero ir a la suya.

Cede.

Aprovecho que mi madre se va a España, y me tomo cinco días en el trabajo para irme. Aterrizo en su ciudad el 28 de diciembre. Me recibe ella, vestida con un sencillo abrigo y una bufanda. Nos abrazamos. Afuera, uno de los inviernos más fríos de la historia nos espera.

Me lleva a un hotel cercano a su casa, y salimos a andar. La temperatura es de más de 20 grados bajo cero. Aunque tengo cazadora de esquí, el culo y las piernas se me quedan de hielo. Sopla un viento septentrional que me recuerda a las novelas de Jack London. Pero Josephine va como si nada. Rehúye el metro, los centro comerciales. Pero de todas formas me lleva para que los vea.

Ya desde un principio me doy cuenta de que esto no va a ser muy fácil o revelador. Josephine prefiere hablar de filosofías de vida y de planes, pero casi nada sobre el pasado o de su vida personal.

«No te puedo contar lo que pasó, porque me acuerdo muy poco», dice. Tiene un acento francés agradable, parecido al de algunos mexicanos hipercultos.

—¿A qué hora nací?
—No me acuerdo.
—¿Te acuerdas de dónde?
—Tampoco, me he olvidado de mucho.

A raíz de esto, me falta información de lo que pasó durante mi nacimiento, pero me entero de muchas cosas, incluyendo su amor por China, por la filosofía Zen, por el Chi.

«Los chinos dicen que la parte más fría de la montaña es la norte».

«Los chinos dicen que el hombre que sólo tiene tres hermanas mayores sale mal».

También me percato de otros rasgos más políticos.

Vamos una noche al cine, a ver Schindler’s List, la película sobre los horrendos campos de concentración nazi.

Al salir, me pregunta:

—Esta película la dirigió un judío, ¿verdad?
—Sí, Steven Spielberg.
—Se nota.

Josephine es vegetariana, come muy poco, y le gusta frecuentar el mismo restaurante, o por lo menos la misma cadena de restaurantes vegetarianos. Aunque sólo hay tres en su ciudad, me lleva a todos en menos de 24 horas. Cree en el poder curativo del ayuno. Cuando le viene un catarro o gripe, deja de comer durante 24 horas.

Le encanta andar. Aun con el frío y la nieve, recorremos cuatro o cinco kilómetros por la ciudad una mañana. Paseamos por las calles, y muy casualmente dice al pasar delante de un edificio: «Ahí vivo yo». No me invita a pasar.

También le gusta patinar sobre hielo, y lo hace de maravilla. Yo, a mitad pista, me aparto derrotado tras casi caer de bruces muchas veces. No tiene mucho interés en enseñarme, se da cuenta que soy una causa perdida.

En otra conversación con interrogatorio fracasado, le comento lo de «Como Josephine M. se entere que de mi hijo no vive conmigo, menuda se va a armar. Como es ella».

—Tu padre tiene mucha imaginación…
Nos despedimos de su ciudad, rodeados de un hielo. Me pide que no divulgue a ningún familiar su paradero.

Mayo de 1995

Le escribo la carta de salida del armario a Josephine…Durante varios años intenté reprimirlo como mejor pude, procurando disimular o suprimir (infructuosamente) mi atracción a otros hombres. Pensé en el estigma social, y salí con chicas, aunque nada importante resultó de ello.

Hace tres años, sin embargo, me enfrenté a mi mismo y llegué a la conclusión, pese a todos mis temores de ostracismo, de que, efectivamente, era homosexual.

Me llama para comentar la carta.

—Sí, ya lo sabía.

—¿Y cómo lo sabías?

—Es algo que no quiero comentar por teléfono.

Febrero de 2001

Escribo mi versión de lo ocurrido, aunque con lujo de detalles y algunas especulaciones, recomponiendo la historia como mejor puedo. Lo publico en mi web.

Febrero de 2002

Mi padre, tras recomendar el web a varias personas, se da cuenta del relato. Me escribe un mensaje que malinterpreto, y me contesta esto:

Mi primera intención fue hacer un análisis de todas las inexactitudes y estupideces que dices y ponerte de vuelta y media. Pero yo no soy como tu. Tampoco podía seguir callando cuando tanta gente sabía que yo sabía. Así que pensé en una solución inteligente: iniciar un debate contigo intelectual y discreto, que permitiera que las cosas quedaran claras sobre tu madre natural, sobre tu madre adoptiva, sobre tu padre y sobre otras personas con las cuales los dos hemos convivido, estableciendo primero los hechos y procurando que las consideraciones y reflexiones fueran positivas.

Este debate daría claridad a muchas partes obscuras de tus relatos y acabaría con todos los disparates que tan imprudentemente escribes.

Declino y retiro la página.

Abril de 2003

Tras escribir esta página hace 10 meses, la maduro un poco y decido publicarla. Al parecer, la historia es sólo interpretativa y sólo se puede contar por quien quiera contarla. No se puede confundir la imparcialidad con la inseguridad.