Mi padre

Nombre completo: Emilio Pedro Guerra Herráiz.
Nacimiento: 3 de julio 1934.
Lugar: Calle Evaristo San Miguel, 3. Madrid, España.
Padre: Manuel Guerra Mateos, procurador de los tribunales, hijo de Pedro Guerra (natural de Sanlúcar de Barrameda) y Rosario Mateos ("La caoba», natural de Campillos). Nació en Conil de la Frontera, provincia de Cádiz, España.
Madre: Patrocinio Herráiz Rodríguez. Hija de Emilio Herráiz y Rosario Rodríguez. Nació en El Provencio, provincia de Cuenca, España.
Graduado de: Derecho, Universidad Complutense de Madrid, 1957.

Mi padre ha ocupado un papel central en mi vida hasta hace sólo algunos años. Es imposible describir en una página mi larga y complicada relación con él.

Son muchos los recuerdos amargos que tengo de él (y que seguro él tiene de mí, hay que ser justos), muchas las peleas a tumba abierta y palabras desgarradoras sin cuartel.
Que baste con decir que tiene una personalidad fuerte, magnética y a veces entrañablemente encantadora.

Le he visto sólo dos veces desde febrero de 1996. Las cosas están así, no sé si porque me traicionan las memorias o si sencillamente es por defenderme, pero creo que ambos estamos muy tranquilos de esta manera.

Me supongo que visto desde fuera, lo que digo no tiene mucho sentido, pero si lo explicara mucho esta página se volvería demasiado negativa. Que baste al lector con saber que mi padre y yo no nos llevamos.

De él he heredado, creo, su peculiar sentido del humor, una mezcla del alegre andaluz y del «deadpan» manchego. Y quizá algunas de sus expresiones, tan ricas de folclor castizo:
—Coge una silla y siéntate en el suelo.
— Qué bien se vive cuando se vive bien.
— ¿A dónde vas con el cabás?
— Irse a la piltra.
— Ponerse en tensión.
— Es lento, pero pesado.
— Ser un lobo solitario.
—Hacer la guerra por su cuenta (estas dos últimas cuando no está muy de acuerdo con las acciones de terceros).
— Es una máquina de meter miedo (mi favorita).

Aunque no lo parezca, mi padre es amigo de sus tradiciones. Nadie le deja sin su necesaria siesta, su partidita de tenis, su copita de ron o su novela en el «water». Creo que es el que me incitó el amor a leer en cualquier circunstancia.

Su ciudad favorita es París, pero creo que no le gustaría nada si no pudiera enseñar a terceros sus lugares secretos, sus esquinas maravillosas e imponentes monumentos.

«Es ver a un tío con cara de gitano, bajito, que sabe todo de París», dijo un día mi primo Roberto.

Mi padre tiene una tradición muy sana de muchas veces decir todo lo que siente, en el momento que lo siente, caiga quien caiga.

También mantiene que su abuela paterna, «La Caoba», era una gitana de pura cepa que enamoró al ministro de instrucción a principios de siglo y que era la pitonisa más importante de España.

Mi tía Pat (su hermana) niega vehemente tal tradición, que ya casi es legendaria en nuestra familia, y matiza que doña Rosario era una paya andaluza, oscurita de piel (como su nieto), pero de gitana, nada.

Otras características de mi padre:
-Puntual como un reloj en Zurich.
-La música clásica.
-Súmamente despistado.
-Es salamandra de su entorno.
-Escribir mucho.
-Ve las cosas de la vida como una prolongada partida de mus (un juego de naipes español), donde echar faroles y hacerse fuerte con su mano son de la orden del día.

Anecdotario

Creo que uno de los mejores ejemplos de cosas que me han sucedido con mi padre es la de en el metro de Moscú, particularmente en la estación de VDNKh, el 6 de diciembre de 1986. Empezamos a regatear con ruso gigantesco, aparentemente borracho. Le enseño un bolígrafo, me mira los vaqueros, etc... Pero al final no hay transacción. Total, mi padre entonces me pregunta:
— ¿Y el bolígrafo?
Le contesto que no lo tengo. Entonces, ni corto ni perezoso, mi padre se vuelve al cíclope de las estepas y le empieza a gritar: «¡El boligráfo!¡Devuéveme el bolígrafo!» El ruso está un poco confundido, es obvio que no entiende nada. Total, mi padre se cansa, y empieza a gritar a todo pulmón:
— Policía...policíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaa.
El ruso no sabe donde meterse, y en eso a mí se me ocurre buscar en los bolsillos de mi cazadora y sacar, para la enorme decepción de mi padre, el bolígrafo en cuestión. Me acuerdo que mi padre me dijo, «Iñaki, ¡joder!» y dimos la media vuelta, sin más. Poco faltó para que la mole rusa nos destrozara. Quizá debería ser una anécdota de mi torpeza y mala pata, pero en realidad, no sé muy bien por qué, es una de las que más me viene a la cabeza sobre mi padre en general, y nuestra relación en concreto.

Al leer esto, te parecerá que mi padre está en El Vaticano a punto de ser canonizado. No te creas, hay cosas que quizá no sean tan buenas, pero esas las dejamos para otra ocasión.