
Cada vez que tengo que ver una película de George Clooney, por muy buena crítica que tenga, lo hago con reticencia. Al igual que otros actores, lo de Clooney como el chulo intelectual y guaperas de la verbena me cansa. Pero fue el director Alexander Payne el que me atrajo a ver
The Descendants (
Los descendientes).
En la película, un abogado hawaiano (Clooney) tiene que decidir la suerte de un legado de gigantescos terrenos familiares, mientras se enfrenta a los secretos de su mujer postrada en coma tras un accidente. Clooney intenta hilvanar todo con sus dos jóvenes hijas en ristre y un sinfín de parientes que se huelen el beneficio de la liquidación.
La trama parece complicada, y en cierto modo lo es. Cualquier película que conjuga la tragedia familiar con el derecho potestativo y el derecho de sucesión parece destinada a estrellarse en mil pedazos. En manos de cualquier otro director no me lo hubiera creído, pero Payne (maestro de lo agridulce en
Sideways y
Election) no solo saca a flote la trama sino que, casi milagrosamente, llega al buen puerto y final semifeliz.
Payne lo logra con interpretaciones maravillosas del sobrecogido Clooney, sus dos hijas (Shailene Woodley y Amara Miller), el alegre novio de la mayor (Nick Krause), mas de los veteranos Robert Forster y Beau Bridges. Una folclórica y apacible banda sonora engrasa las escenas con aire bucólico.
LO más alucinante de The Descendants es cómo baraja temas complicados (si mi descripción parece engorrosa, eso es solo un prólogo) con absoluto rigor y sencillez. El trasfondo de aupa hubiera enquillado a relatores menos hábiles, pero Payne le dedica lo justo.
De la flor y nata de 2011, esta supera a todas (no he visto en un cine
Hugo ni
The Tree of Life o sea que me reservo un poco la opinión). Pero dudo que ninguna me llegue al alma como esta.