Hace 414 días salí de Miami, y hoy he vuelto por vez primera. No soy de mirar mucho hacia atrás, en buena parte porque en una época me impedía avanzar. Quizá ahora me he ido al otro extremo.
El caso es que llego a los lugares donde he residido con anterioridad como si todo lo vivido anteriormente en otros lugares hubiera sido un sueño. Me ha pasado antes, cuando volví a Santo Domingo en diciembre de 2004 y el aire de La Caleta me traía aromas inusitados, o cuando paseé por la calle de mi infancia, Toribio Pollán (cambiada por los vecinos, de manera muy sabia, a Veracruz).
La geografía es regresiva en ese aspecto. Ahora, si no fuera por los correos inocuos de la oficina que me llegan al Blackeberry, sospecharía que todo ha sido una prolongada fantasía.
No debería ser así, pero no lo puedo remediar. Me supongo que es un mecanismo de defensa. Los años 1986 y 1993 fueron, entre actos que aún no me puedo perdonar a mí mismo y una prueba de fuego para mis seres queridos, los menos productivos y perdidos de mi vida. Quería volver a España de casi cualquier manera y, efectivamente, el precio fue altísimo. Cuando salí de Madrid ese 25 de junio de 1993, decidí no volver.
Ahora me vienen ideas de repatriación, pero se templan cuando me encuentro con ciertos turistas. En aquel entonces me consumían. Me he planteado todo esto al estar en casa de mi madre en Miami, sencillamente no me gustaría estar otra vez en Miami.
Ya echo de menos montarme en el metro, salir a la calle, pasear por mi barrio y mi nieve y sol bochornoso. Tener que cruzar mi calle con mucha cautela porque los coches que salen del túnel pasan a toda pastilla, ir al CVS a comprar algo, esperar al metro o irme con Carlos a Forest Hills a comer algo, como hicimos anoche. Y eso que acabo de aterrizar apenas hace cinco horas.
Quizá mañana en la playa se me pase un poco, no lo sé.
El caso es que llego a los lugares donde he residido con anterioridad como si todo lo vivido anteriormente en otros lugares hubiera sido un sueño. Me ha pasado antes, cuando volví a Santo Domingo en diciembre de 2004 y el aire de La Caleta me traía aromas inusitados, o cuando paseé por la calle de mi infancia, Toribio Pollán (cambiada por los vecinos, de manera muy sabia, a Veracruz).
La geografía es regresiva en ese aspecto. Ahora, si no fuera por los correos inocuos de la oficina que me llegan al Blackeberry, sospecharía que todo ha sido una prolongada fantasía.
No debería ser así, pero no lo puedo remediar. Me supongo que es un mecanismo de defensa. Los años 1986 y 1993 fueron, entre actos que aún no me puedo perdonar a mí mismo y una prueba de fuego para mis seres queridos, los menos productivos y perdidos de mi vida. Quería volver a España de casi cualquier manera y, efectivamente, el precio fue altísimo. Cuando salí de Madrid ese 25 de junio de 1993, decidí no volver.
Ahora me vienen ideas de repatriación, pero se templan cuando me encuentro con ciertos turistas. En aquel entonces me consumían. Me he planteado todo esto al estar en casa de mi madre en Miami, sencillamente no me gustaría estar otra vez en Miami.
Ya echo de menos montarme en el metro, salir a la calle, pasear por mi barrio y mi nieve y sol bochornoso. Tener que cruzar mi calle con mucha cautela porque los coches que salen del túnel pasan a toda pastilla, ir al CVS a comprar algo, esperar al metro o irme con Carlos a Forest Hills a comer algo, como hicimos anoche. Y eso que acabo de aterrizar apenas hace cinco horas.
Quizá mañana en la playa se me pase un poco, no lo sé.
