A eso de las tres ya no solo estoy cansado y cubierto de sudor y roña. En la esquina de Southern con Fordham, me topo con vaso lleno de chocolate que está tirado en la acera. Me embadurno todo el zapato, calcetín y tobillo de chocolate.Estoy a punto de entrar en la quinta hora de mi paseo por el Bronx y me adentro a barrios en los que prefiero no llevar mi cámara visible. No estoy cansado, pero el termómetro no ayuda, lleva varias horas marcando 30 grados. Entre el ladrillo y asfalto, parecen mucho más, máxime en este verano en el cual el calor no ha apretado hasta hace muy poco.
En un par de parques las fuentes infantiles me permiten meter mis pies en el agua fresca y es casi una bendición. Al llegar a Crotona contemplo darme un chapuzón en su piscina, hasta que me fijo en la cola multitudinaria que ha tenido la misma idea que yo.
Sigo, y en la esquina de Tremont y la 175, cuando ambas ascienden hacia el Grand Concourse, me encuentro con mi segunda boca de incendios abierta. En los días de mucho calor (ejemplo: hoy), cualquier ciudadano puede abrir las tomas de agua, si utilizan una boquilla especial que se puede obtener gratuitamente en los cuerpos de bomberos.
La boquilla es muy mona pero a la vez el chorrito resultante es absolutamente pacífico. Abrir las bocas de incendios de cualquier otra manera es ilegal (por motivos muy válidos como conservación y presión de agua), y también muestra inequívoca de que en el barrio no hay mucho control policial.
Esta hidrante tiene su chorrito, que casi equivale a las gotas gordas de sudor que se desprenden de mi frente. Al subir hasta Anthony Avenue, sin embargo, me topo con una boca de riego abierta a tutiplén, vertiendo agua con furor por la esquina de Mount Hope Place y Anthony. Dos chicos juegan a empaparse y a dirigir el chorro.
Iba a explicar cómo funciona esto pero esta foto lo hace por mí.
Discretamente me arrimo a la salida intento quitarme el chocolate, pero ni la alta presión puede con la mancha. El chico encima de la toma me mira y me pregunta: «¿You wanna?»
Hace calor, llevo 22 kilómetros en esto y la verdad que quiero vivirlo. Guardo mis gafas, cartera, iPhone, Blackberry y iPod en la mochila y le pido que me apunte. Es casi como entrar a un lavado automático de coches, pero con menos consistencia. Las piernas se quedan bastante empapadas, el resto, debido a que se tiene que apuntar, es desigual.
Pero eso sí, estoy fresco. Le sonrío al chico (el que están en la foto) y sigo mi ruta. Una hora más tarde, a eso de las 5:30, estoy seco.

Comentarios ( 1)
¡Olé tus huevos!
Por Peter | 19 de Agosto 2009 a las 10:25 AM