Debido a que en la web tenemos el equipo más joven de todo el diario, casi siempre el único que adquiere libros soy yo.
Quizá sea porque como los niños que crecieron con hambre, crecí con obsesión sobre los libros caros.
En mi juventud cualquier libro interesante costaba por lo menos mil pesetas de las de entonces y todas las horas que pasaba en la Casa del Libro en la Gran Vía se traducían en minutos de frustración en la Cuesta de Claudio Moyano, donde los libreros tenían precios más asequibles pero catálogos más limitados.
Pero entiendo a los de mi equipo, con toda la oferta de lectura electrónica y las numerosas opciones de ocio, el que lee es porque verdaderamente tiene afición.
En estos casos siempre me propongo comprar cuatro o cinco, de los que esté seguro que voy a leer. Pero el pasado miércoles, cuando redujeron los precios porque nadie compraba, me lancé y adquirí 15. Tenían el precio irrisible de cinco por un dólar, y es muy difícil resistirse. Excepto, claro, si has crecido en un entorno de multimedios. Entonces, los libros te resultan antiguallas que ocupan espacio. Lástima que lo vean así.
