42,1 kilómetros. Aproveché que tenía un día libre para pasear por Staten Island. Debido a los problemas de infraestructura, hay que madrugar mucho para llegar a la terminal de ferry a las 6:30. Gracias al alba, la vista se vuelve espectacular.
Me recorro buena parte de la isla y entre la subida y bajada por sus diferentes cerros me dejo las piernas en varios momentos. Pero gracias a esa droga magnífica llamada café (mi primer vaso en más de tres semanas), no me canso hasta el final. Ha sido, por ahora, el paseo más largo. Y como los días se vuelven más cortos, creo que tendrá el récord hasta el verano que viene.
