No sé qué se le pasaría por la cabeza al comité del Premio Nóbel al nombrar a Barack Obama como su galardón de la paz. Pero el caso es que la política, como todo, empobrece un premio que otrora vino a representar el mejor gesto de defensa de la humanidad.
Se me ocurren muchos nombres de personas que lo merecen mucho más, pasando inclusivo (glub, esto cuesta mucho decirlo) por Juan Carlos de Borbón y de Bribón.
A Obama, buen Leo como pocos, se le ha hecho imposible rechazar el premio, pero da igual, lo tendría que haber hecho de cualquier manera.
Obama personifica una proyección y possible trayectoria que por ahora es precisamente eso, una promesa. Decir que el premio soslayará su postura ante los enormes desafíos de Oriente Medio es tan ingenuo como decir que el comandante en jefe del cuarto de millón de tropas norteamericanas fuera de EE.UU. es un adalid de la paz.
En las pocas horas entre el anuncio y la «humilde aceptación pensé que sería listo y declinaría el premio. Pero no.
Obama corre el peligro de al igual que su antecesor, permanecer en una campaña permanente, sin poner mucha atención a gobernar. Me cae bien, tiene dotes oratorios envidiables, pero su carrera se ha caracterizado por siempre propulsarse gracias a su potencial (innegablemente mucho) y no a sus obras (debatiblemente pocas).
Pero la teoría no puede primar sobre la práctica. Cierto, es un gran aliciente pero como decían las pipas, las cosas se hacen, no se dicen.
