Me pasó el domingo, por primera vez en varios años. Mientras esperaba mi pedido en una tienda, la radio empezó a tocar I will always love you, de Whitney Houston. Mi estado emotivo cambió de inmediato, y eso que han pasado ya 17 años.
3 de enero de 1993. Mi hermana me despierta temprano. «Ha llamado papá, quiere que vayamos al funeral».
Algunas horas antes nos habíamos enterado de la muerte de mi hermano pequeño, Hugo. Mi hermana, que tanto le había cuidado y mimado, estaba en una discoteca, intentando olvidar el difícil trance del coma que había sacudido a la familia.
Debido a que mi padre no quería que nadie asistiera al funeral, decidimos no decirle nada a mi hermana hasta el día siguiente. Pero había que ir a recogerla, y sacar a una chica de 17 años de una disco en España antes de las 2 de la mañana de un sábado es toda una proeza.
Fue un suplicio rogar y pedir que nos fuéramos, pero al final lo logramos. Seis horas más tarde, suena el teléfono, mi hermana contesta y escucha: «cambio de planes para el funeral, venid».
¿Qué funeral? La defunción transciende. Me despierta y mientras nos vestimos, pone la susodicha canción de Houston.
Desde entonces, cada vez que la oigo me pongo mal. Debido a que tanto el tema (original de Dolly Parton, quien lo interpreta mucho mejor) como la artista ya están de capa caída, no se escucha mucho. Pero el domingo me sucedió.
No quiero decir con esto que pierda las riendas ni que agrie mucho el día, es un triste recuerdo de una situación trágica. Y con estos momentos me recuerda el subconsciente no solo lo mal que lo pasamos todos (aclaro que todos porque el dolor no se puede monopolizar) y cómo perduran las cicatrices, años depués.
3 de enero de 1993. Mi hermana me despierta temprano. «Ha llamado papá, quiere que vayamos al funeral».
Algunas horas antes nos habíamos enterado de la muerte de mi hermano pequeño, Hugo. Mi hermana, que tanto le había cuidado y mimado, estaba en una discoteca, intentando olvidar el difícil trance del coma que había sacudido a la familia.
Debido a que mi padre no quería que nadie asistiera al funeral, decidimos no decirle nada a mi hermana hasta el día siguiente. Pero había que ir a recogerla, y sacar a una chica de 17 años de una disco en España antes de las 2 de la mañana de un sábado es toda una proeza.
Fue un suplicio rogar y pedir que nos fuéramos, pero al final lo logramos. Seis horas más tarde, suena el teléfono, mi hermana contesta y escucha: «cambio de planes para el funeral, venid».
¿Qué funeral? La defunción transciende. Me despierta y mientras nos vestimos, pone la susodicha canción de Houston.
Desde entonces, cada vez que la oigo me pongo mal. Debido a que tanto el tema (original de Dolly Parton, quien lo interpreta mucho mejor) como la artista ya están de capa caída, no se escucha mucho. Pero el domingo me sucedió.
No quiero decir con esto que pierda las riendas ni que agrie mucho el día, es un triste recuerdo de una situación trágica. Y con estos momentos me recuerda el subconsciente no solo lo mal que lo pasamos todos (aclaro que todos porque el dolor no se puede monopolizar) y cómo perduran las cicatrices, años depués.

Comentarios ( 1)
La música es un fiel aliado de las desgracias, pero tambien de las alegrias, pero ya que toca hablar de penas, a mi particularmente la canción que me deja hecho un cisco es la versión de Phildelphia de NEIL YOUNG
porque la relaciono con la muerte de un familiar muy muy querido
Por javier | 5 de Abril 2010 a las 09:57 AM