Faisal Shahzad seguro se recostó sobre su asiento mientras oía al sobrecargo del vuelo 202 que la aeronave sería la siguiente en despegar.
Shahzad había tenido unas 80 horas muy intensas. El sábado por la mañana había salido de su apartamento en Connecticut con un todoterreno Nissan repleto de contenedores de gas propano, gasolina, fertilizante, fuegos artificiales, relojería, alambres y otros elementos diseñados para hacer estallar una bomba.
115 kilómetros más tarde estaba en Times Square donde en un espacio de pocos minutos se produjeron dos milagros. El primero, pequeño, fue que Shahzad encontró estacionamiento en la concurrida 45, esquina a Broadway y la Séptima Avenida. El segundo, mayor, fue que pese al adiestramiento y la mala uva, los explosivos no estallaron. Al ver que un policía montado se acercaba, Shahzad se dio a la fuga Broadway arriba.
Ahora, ya a punto de despegar en su vuelo a Dubai, Shahzad se las hacía felices. El sábado estaba dispuesto a autoinmolarse (nunca mejor dicho), el lunes por la noche ya soñaba en ver a su mujer e hijos, que ahora le esperaban en Pakistán.
Pero no contaba con la astucia de su enemigo, que además de ser sacrílego es bastante ingenioso. Aunque había borrado el número de identificación del Nissan, desconocía que existe otro en la parte inferior del motor. Y para colmo, las llaves de su otro coche, un Isuzu, estaban dentro del Nissan.
Las autoridades ataron cabos enseguida. Se pusieron en contacto el proprietario del Nissan, y posteriormente obtuvieron el número móvil de Shahzad. Shahzad fue identificado por la vendedora del Nissan mediante un retrato robot y luego con sus fotografías. Shahzad fue añadido a la lista de pasajeros peligrosos la tarde del lunes.
La Aerolína de los Emiratos no consultó las nuevas revisiones, sin embargo, y Shahzad pasó al avión. La suerte parecía sonreirle, pero una vez más la torpeza hundió a Shahzad. Pocos minutos antes de entrar al aeropuerto, llamó a la aerolína para comprar un billete de avión, en metálico y de una sola vía. Ambas acciones despertaron las sospechas inmediatamente de la aerolína, quien se puso en contacto con el gobierno para delatar a Shahzad.
Quizá las turbinas del vuelo 202 empezaron su inequivocable zumbido de despegue, pero instantes después el sobrecargo tuvo que decir que el avión tenía que volver a la puerta de embarque. Shahzad fue detenido a los pocos minutos. Desde entonces, como hombre derrotado, está cantando a las autoridades.
Todo esto será una buena película. He sacado algunos detalles de la denuncia federal, y otros los he imaginado.
Shahzad había tenido unas 80 horas muy intensas. El sábado por la mañana había salido de su apartamento en Connecticut con un todoterreno Nissan repleto de contenedores de gas propano, gasolina, fertilizante, fuegos artificiales, relojería, alambres y otros elementos diseñados para hacer estallar una bomba.
115 kilómetros más tarde estaba en Times Square donde en un espacio de pocos minutos se produjeron dos milagros. El primero, pequeño, fue que Shahzad encontró estacionamiento en la concurrida 45, esquina a Broadway y la Séptima Avenida. El segundo, mayor, fue que pese al adiestramiento y la mala uva, los explosivos no estallaron. Al ver que un policía montado se acercaba, Shahzad se dio a la fuga Broadway arriba.
Ahora, ya a punto de despegar en su vuelo a Dubai, Shahzad se las hacía felices. El sábado estaba dispuesto a autoinmolarse (nunca mejor dicho), el lunes por la noche ya soñaba en ver a su mujer e hijos, que ahora le esperaban en Pakistán.
Pero no contaba con la astucia de su enemigo, que además de ser sacrílego es bastante ingenioso. Aunque había borrado el número de identificación del Nissan, desconocía que existe otro en la parte inferior del motor. Y para colmo, las llaves de su otro coche, un Isuzu, estaban dentro del Nissan.
Las autoridades ataron cabos enseguida. Se pusieron en contacto el proprietario del Nissan, y posteriormente obtuvieron el número móvil de Shahzad. Shahzad fue identificado por la vendedora del Nissan mediante un retrato robot y luego con sus fotografías. Shahzad fue añadido a la lista de pasajeros peligrosos la tarde del lunes.
La Aerolína de los Emiratos no consultó las nuevas revisiones, sin embargo, y Shahzad pasó al avión. La suerte parecía sonreirle, pero una vez más la torpeza hundió a Shahzad. Pocos minutos antes de entrar al aeropuerto, llamó a la aerolína para comprar un billete de avión, en metálico y de una sola vía. Ambas acciones despertaron las sospechas inmediatamente de la aerolína, quien se puso en contacto con el gobierno para delatar a Shahzad.
Quizá las turbinas del vuelo 202 empezaron su inequivocable zumbido de despegue, pero instantes después el sobrecargo tuvo que decir que el avión tenía que volver a la puerta de embarque. Shahzad fue detenido a los pocos minutos. Desde entonces, como hombre derrotado, está cantando a las autoridades.
Todo esto será una buena película. He sacado algunos detalles de la denuncia federal, y otros los he imaginado.

Comentarios ( 1)
Lo que no "entiendo " de la historia es como el protagonista, pakistaní de nacimiento, pudo conseguir en poco tiempo "papeles" de ciudadano americano, y a los pobres latinos, que trabajan como esclavos y por sueldos de miseria, y desde hace muchos años, se les quiere dar una patada en el culo. Lease ley ARIZONA, para entendernos.
Por javier | 5 de Mayo 2010 a las 04:55 AM