A diferencia que otras películas en cartelera, Cyrus no opta por los efectos especiales, tramas burdas o risas baratas. Más bien pone un elenco de primeros actores (John C. Reilly, Melissa Tomei, Johan Hill y Catherine Keener) y les suelta en un argumento tan honesto como optimista.
Reilly es un cuarentón divorciado, deprimido porque su ex mujer (Keener) está a apunto de casarse con otro. Conoce de repente a Tomei, e inmediatamente saltan las chispas de amor.
Todo parece ir increíblemente bien a la nueva parejita, hasta que se topan con el hijo de Tomei, un rarito interpretado por Hill sin tapujos ni reservas: quiere a su madre para sí y no va a permitir que un desconocido interfiera en la relación rayana en lo edipal.
Muchos optarían por meterse en una onda tremendista o absolutamente burlona. Pero Cyrus navega las aguas de esta complicada situación dando vela a la desesperación de ambos personajes masculinos, que en el fondo quieren camelar a la Tomei, cada cual a su manera. Al ser tan visceral, es absolutamente creíble. Chapeau.
Reilly es un cuarentón divorciado, deprimido porque su ex mujer (Keener) está a apunto de casarse con otro. Conoce de repente a Tomei, e inmediatamente saltan las chispas de amor.
Todo parece ir increíblemente bien a la nueva parejita, hasta que se topan con el hijo de Tomei, un rarito interpretado por Hill sin tapujos ni reservas: quiere a su madre para sí y no va a permitir que un desconocido interfiera en la relación rayana en lo edipal.
Muchos optarían por meterse en una onda tremendista o absolutamente burlona. Pero Cyrus navega las aguas de esta complicada situación dando vela a la desesperación de ambos personajes masculinos, que en el fondo quieren camelar a la Tomei, cada cual a su manera. Al ser tan visceral, es absolutamente creíble. Chapeau.
