Dicen los ingleses que en las trincheras no hay ateos, y la comparación se puede estirar de maravilla a un país que avanza y gana en el Mundial de Fútbol: no hay nadie que confiese su desdén tras ganar.
Hoy tengo dos botones de muestra. Mientras paseaba en Woodside, un desconocido de la nada me preguntó quién iba a ganar. Grité que España y, curiosamente, me sentí fenomenal.
Mi madre, que fue prácticamente enviudada por el fútbol, se sentó a ver el partido. Y lo disfrutó muchísimo, por primera vez en su vida, me cuenta.
Yo decidí seguirlo de lejos, con un iPhone sintonizado a veces en RNE y un blackberry que cargaba Marca.com. En cierto modo me arrepiento, pero por otra parte, pese al momento tan especial, no quise brindar ni un momento más al fútbol.
Suficiente es que haya secuestrado, desde siempre, a mi país de nacimiento. Y que también haya secuestrado a seres queridos. Para colmo, cada vez que me interesé, me hizo sufrir, y mucho.
Tan solo las memorias de pasados Mundiales (1990 y 1994 fueron particularmente dolorosos) me traen angustia, y no hablemos de cómo palmó el Real Madrid en el Heliodoro Rodríguez López, perdiendo la liga dos años consecutivos contra el Tenerife.
Y si menciono las faraónicas elecciones a la presidencia del Real Madrid, ya me pongo mal.
Mi familia respira fútbol. Después de ver a mi tío por primera vez en más de 20 agitadísimos años, me preguntó sólo una cosa: «¿Sigues siendo del Madrid?»
Yo me aparto, no tanto por desprecio sino por no querer sufrir. Y pese a mi distancia, hoy sufrí mucho. Menos mal que no lo vi en directo.
Con este lastre tan ambivalente, me cuesta ser amante. Pero hoy me has seducido. Queda todo perdonado, pero sé que pronto me volverás a inquietar.
Hoy tengo dos botones de muestra. Mientras paseaba en Woodside, un desconocido de la nada me preguntó quién iba a ganar. Grité que España y, curiosamente, me sentí fenomenal.
Mi madre, que fue prácticamente enviudada por el fútbol, se sentó a ver el partido. Y lo disfrutó muchísimo, por primera vez en su vida, me cuenta.
Yo decidí seguirlo de lejos, con un iPhone sintonizado a veces en RNE y un blackberry que cargaba Marca.com. En cierto modo me arrepiento, pero por otra parte, pese al momento tan especial, no quise brindar ni un momento más al fútbol.
Suficiente es que haya secuestrado, desde siempre, a mi país de nacimiento. Y que también haya secuestrado a seres queridos. Para colmo, cada vez que me interesé, me hizo sufrir, y mucho.
Tan solo las memorias de pasados Mundiales (1990 y 1994 fueron particularmente dolorosos) me traen angustia, y no hablemos de cómo palmó el Real Madrid en el Heliodoro Rodríguez López, perdiendo la liga dos años consecutivos contra el Tenerife.
Y si menciono las faraónicas elecciones a la presidencia del Real Madrid, ya me pongo mal.
Mi familia respira fútbol. Después de ver a mi tío por primera vez en más de 20 agitadísimos años, me preguntó sólo una cosa: «¿Sigues siendo del Madrid?»
Yo me aparto, no tanto por desprecio sino por no querer sufrir. Y pese a mi distancia, hoy sufrí mucho. Menos mal que no lo vi en directo.
Con este lastre tan ambivalente, me cuesta ser amante. Pero hoy me has seducido. Queda todo perdonado, pero sé que pronto me volverás a inquietar.

Comentarios ( 1)
Me alegre mucho del triunfo de la selección española, aunque no vi la final y no porque tuviese algo urgente que hacer sino porque me busque una excusa para no verlo y aproveche para hacer lago banal, todo con tal de no sufrir ni un apice, aunque me sacarón de mi inquietud los pitidos, gritos y demás ruidos celebrando el milagroso gol.
Por javier | 15 de Julio 2010 a las 08:53 AM